Un momento mágico

'Magic in the Moonlight' (Woody Allen, 2014).

Colin Firth y Emma Stone en ‘Magic in the Moonlight’ (Woody Allen, 2014).

Ha tenido algo de mágico el hecho de poder ver el estreno de una película de Woody Allen en la ciudad de Nueva York. Concretamente, en el cine Angelika Film Center, situado en el Greenwich Village. Su nueva película, Magic in the Moonlight, está ambientada en el sur de Francia durante los años 20, así que de neoyorkina poco tiene. Pero sí el sello de su director y autor, que pese a retomar la senda de sus obras más simples, al menos en esta ocasión se agradece un aire a screwball comedy sin mayores pretensiones que plantear un enredo entre dos personajes que se odian pero que están condenados a entenderse.

Reflexiones frente al poder mediático

Reflexiones frente al poder mediático

Kad Merad en ‘Superstar’ de Xavier Giannoli, Roberto Benigni en ‘To Rome With Love’ de Woody Allen, ‘Reality’ de Mateo Garrone y la miniserie ‘Black Mirror’ de Charlie Brooker.

No parece mera casualidad que hayan aparecido en este año 2012 varias producciones que, desde distintos puntos de vista, plantean una oportuna reflexión sobre la influencia de los medios de comunicación, la instantaneidad de la información y, como novedad, sus consecuencias inmediatas y directas en pleno apogeo de la era de Internet.

En el pasado festival de Cannes, se presentó Reality del italiano Mateo Garrone. Sería un error considerarla solamente como una caricaturesca comedia costumbrista (que también lo es, y muy acertada) y olvidar así el contundente recado que plantea la película: la escasez de valores y perspectivas en la sociedad actual, ejemplificándolo en la vida de un pescadero napolitano que cambia radicalmente por su progresiva y enfermiza obsesión de querer participar en un concurso de Gran Hermano, a cuyo cásting participa empujado por sus hijos y no por iniciativa propia.

Es curioso cómo este tipo de reflexiones se llegan a solapar unas con otras. Es el caso del film francés Superstar de Xavier Giannoli y el personaje de Roberto Benigni en To Rome With Love de Woody Allen, dos películas estrenadas durante el verano y, por tanto, no se trata de un plagio sino de una coincidencia incitada por los tiempos que corren. Ambos directores plantean exactamente la misma idea: un hombre se convierte en celebridad de un día para otro sin motivo alguno. En ambos casos al protagonista le cuesta sobremanera asimilar su nueva situación de personaje mediático, porque no ha hecho nada en especial para merecerlo. Pero la gente los reconoce por la calle, les hacen fotos y vídeos que comparten inmediatamente en Internet –generando el llamado buzz– y son solicitados por las televisiones para ser entrevistados y participar en sus programas. En la cinta de Woody Allen se trata de un gag que encaja perfectamente en el contexto de una cierta Italia berlusconiana que pretende, sino retratar, al menos insinuar; mientras que Giannoli estira la idea en todo un largometraje y la situación se permite dar un giro: el hombre corriente (Kad Merad) llegará a extrañar su estatus de celebridad una vez lo pierda en cuestión de días.

Así, fenómenos reales (pero que tienen igualmente mucho de extravagante) como la desastrosa restauración del Ecce Homo que se convirtió en obra de arte, o el heroico camarero que defendió a los manifestantes el pasado 25-S, son dos ejemplos perfectos de cómo la realidad llega a superar incluso a la ficción: Allen y Giannoli han optado por ilustrar la celebridad instantánea mediante situaciones irracionales, evocando de esta forma el hecho de que cada año varias decenas de personas se hacen famosas para caer inmediatamente en el olvido, siguiendo la máxima de Andy Warhol de que todo el mundo tendría sus 15 minutos de fama alguna vez en la vida.

La miniserie británica Black Mirror apareció a finales de 2011 pero se ha difundido por la red y la televisión a lo largo del siguiente año. Es la producción más incisiva de todas las mencionadas, la más explícita y brutal. Son tres episodios independientes entre sí pero todos ellos tratan la influencia de la esfera mediática en un futuro no demasiado lejano. Si en el primer episodio (El himno nacional) un primer ministro se ve obligado a cometer un “acto indecente” en público para salvar a la princesa de turno que ha sido secuestrada, en el segundo (15 millones de méritos) es un concurso de jóvenes talentos el que explica la locura por la fama. En la tercera entrega (Tu historia completa) está seguramente el planteamiento más inquietante: una sociedad dónde la vida queda permanentemente registrada en vídeo y se puede acceder a sus imágenes en cualquier momento. Esto da lugar a una situación más que comprometida en medio de una relación de pareja. Algo terrible visto desde una versión futurista y extrema, pero que ya sucede actualmente cuando disponemos, a golpe de clic, de los comentarios, fotos y vídeos que hemos ido agregando en las redes sociales a lo largo de los años. Y como bien se encarga de demostrar Black Mirror, no es justo ni necesario que esas acciones tengan que atosigarnos durante toda nuestra vida. Aunque ante la falta de soluciones, de primeras quizá lo mejor sea tener más cuidado con todo lo que hacemos y decimos.

Los remordimientos de Woody Allen

Woody Allen Penelope Cruz To Rome With Love

Woody Allen y Penélope Cruz durante el rodaje de ‘To Rome With Love’.

“Una persona no es vieja hasta que los remordimientos ocupan el lugar de sus sueños.”
John Barrymore (1882-1942), actor estadounidense.

En una de las sucesivas infidelidades que tienen lugar en To Rome With Love –más que tema recurrente, marca de estilo en la prolífica carrera de Woody Allen–, una mujer se plantea si llevarla a cabo o no. Supone elegir entre el remordimiento que persistirá al haber engañado a su pareja, o el eterno arrepentimiento por no haber tenido el valor suficiente de cometer un acto que en realidad deseaba con todas sus ganas. Ese dilema puede ser perfectamente el del propio director a la hora de esbozar cada una de sus nuevas películas: de verdad, a estas alturas de la vida, ¿merece la pena hacer una película en Barcelona, en París o en Roma? Pero, si es mi sueño, y si no las hago, ¿no me arrepentiré después?

Pues bien, la respuesta la conocemos. La maquinaria de producción del autor neoyorkino echa a rodar cada año desde hace décadas, y, con mejor o peor aceptación, ahí tenemos sus trabajos: puntuales, repletos de estrellas de la interpretación, y un ingenio inconfundible. Este año no ha pasado por Cannes, donde suele estrenar a lo grande, aunque allí se presentó hace unos meses un documental sobre su obra y su persona. Dirigido por Robert B. Weide para la televisión, no cuenta con un punto de vista original, tan solo repasa su trayectoria nutriéndose de un valioso material de archivo, que no es otro más que esa inigualable filmografía, acompañada además de testimonios inéditos del propio Allen y de buena parte de actores y actrices que han participado en sus películas.

Es una lástima que To Rome With Love se titule así, como una serie mediocre de los años 70, tal cual, y no The Wrong Picture o Bop Decameron, como se anticipó sucesivamente. Lo es, no ya por la simpleza de tal gesto de signo comercial, alimentado seguramente por una inesperada reconciliación con el público estadounidense gracias a Midnight in Paris, también porque contradice enormemente la atinada crítica al mundo del show business que lleva practicando el mismo Allen a lo largo de su vida. Y es un título desacertado además, porque, aun estando este último trabajo dentro del grupo de sus películas más superfluas, sin embargo, se encuentran ráfagas del Woody más disparatado que hacía años no encontrábamos. Con el personaje de Roberto Benigni, un hombre corriente de clase media que se convierte en celebridad, porque sí, o con el suegro que alcanza el éxito en la ópera cantando bajo… la ducha.

Así, Woody Allen rememora gags con la bendita absurdez de sus primeros trabajos, cuando era mucho más explícito en su sátira de la sociedad de consumo, durante la etapa que va desde Toma el dinero y corre (1969) hasta Boris Grushenko (1975). De modo que poco parece importar que aparezca en pantalla seis años después mucho más cascado (los conciertos de Bob Dylan tampoco son lo que eran), o la pereza con la que está tejida la estructura del guion, que contiene deslices cronológicos de manual para semejante historia coral. Aunque seguramente Woody Allen se reconforte al haber sabido componer unas cuantas escenas destacables, no suficientes quizás, y se quedará entonces con algunos remordimientos, pero sin el arrepentimiento de no haberlas realizado.