El mapa

IMG_9515No me canso de mirar el mapa de los Estados Unidos. Ahora que por primera vez veo partidos de la NBA en directo, con la final entre San Antonio Spurs y Miami Heat, me doy cuenta de que uno de mis primeros contactos con la cultura norteamericana fue a través del baloncesto. Jugábamos desde pequeños a los videojuegos, y al conocer a los jugadores y a los equipos, al mismo tiempo aprendíamos los Estados. Aunque sean muchos, faltan algunos. Como South Carolina, que nunca ha estado ahí…

Y así de pronto ha llegado el verano. Es hora de dejar de mirar el mapa y recorrerlo.

Pioneros de las verdades de América

“Nuestra Nouvelle Vague nunca habría existido si  Morris Engel no nos hubiera enseñado el camino con su precioso film ‘El pequeño fugitivo”
François Truffaut

Siempre que hablamos de modernidad y nuevas olas en el cine, nadie olvida citar al neorrealismo italiano ni a la Nouvelle Vague francesa, como es lógico. Al mismo tiempo, siempre se mencionan los primeros trabajos de John Cassavetes para dar un claro ejemplo de la llegada de ese “nuevo cine” a los Estados Unidos. Con todas esas influencias, a nadie se le pasa por el alto el relevo generacional de directores que llegó posteriormente y dio paso al llamado Nuevo Hollywood. Sin embargo, no todo el mundo recuerda fácilmente a una serie de directores norteamericanos que fueron los primeros en hacer un cine más real, con menos medios, sin estudios y, por tanto, contrario al que se practicaba en la otra costa del país. Por eso, quiero dedicarle unas palabras a tres de ellos: Morris Engel, Sidney Meyers y Lionel Rogosin. Sin estos, Truffaut, Cassavetes o Jonas Mekas lo reconocen, nada habría sido igual.

Little Fugitif

El pequeño Joey, un fugitivo que derrocha inocencia.

Morris Engel – Little Fugitive
Seguramente no es justo adjudicar únicamente a Morris Engel la autoría de Little Fugitif (El pequeño fugitivo, 1953), porque en realidad la película está codirigida junto a Ruth Orkin, su esposa, y Ray Ashley. Lo que ocurre es que Engel se encarga de fotografiar la película con una pequeña cámara, un objeto que es prácticamente la clave de todo. Por entonces, tras ser ayudante del famoso fotógrafo Paul Strand, su pasión por el cine le llevó a fabricar una cámara más ligera con la que pudiera retratar la realidad de su entorno, igual que había estado haciendo durante años con la fotografía, pero esta vez con las imágenes en movimiento. Así, El pequeño fugitivo tan solo necesitaba una historia como trasfondo, y esta, además, no pudo ser más conmovedora y veraz.

La sencillez siempre ha caracterizado al “nuevo cine” frente al barroquismo de cierto cine meramente industrial, y la historia creada por el mencionado trío (al que le valió una nominación al Oscar al mejor guion original) es, por tanto, bien concisa: unos hermanos pequeños, pero con una diferencia de edad considerable, que juegan, se pelean y se hacen de rabiar, quedan unas horas solos lejos del cuidado de su madre. En un guiño cinéfilo donde los haya, el hermano mayor y los amigos de este, entablan una conversación sobre la utilización de sangre falsa en las películas con kétchup u otros artilugios. En esas, deciden espantar a Joey, el hermano pequeño –interpretado por un enternecedor Richie Andrusco, del que poco se supo después en el mundo del cine–, al que le hacen creer en un juego que ha matado a su propio hermano mientras disparaba con una pistola. A partir de entonces, la película se convierte en una travesía del pequeño Joey por la ciudad de Coney Island. En medio de un gran parque de atracciones, se topa con una serie de personajes que se extrañan de ver a un niño a la deriva, dando lugar a situaciones profundamente entrañables. Son realmente destacables los encuentros del joven con un fotógrafo, al que poco le falta para contratarlo de ayudante; o esos mensajes que escribe por todo el parque el hermano, desesperado por que no se entere su madre del lío que ha montado.

Es muy llamativa la lectura que hace el crítico Alain Bergala en la presentación de la película (edición francesa en DVD de Carlotta Films), porque va más allá de ser un anecdótico anuncio de la Nouvelle Vague, en el sentido de que las dos películas más reprentativas del movimiento francés –Los 400 golpes (1959) y Al final de la escapada (1960) – toman prestados elementos más que característicos del argumento. En la de Truffaut es un joven que se escapa y mediante esa fuga se establece un retrato de la infancia; mientras que en la  de Godard el protagonista es también un fugitivo que, a medida que se encuentra con otros personajes, acaba olvidando los motivos por los que ha huido.

El pequeño fugitivo obtuvo el León de Plata en la Mostra de Venecia de 1953 (un año en que el jurado decidió entregar varios de ellos y ningún León de Oro a la mejor película por la supuesta carencia de una obra distinguida entre las otras), lo que le permitió conseguir posteriormente un distribuidor en Estados Unidos, hasta alcanzar una nominación al Oscar al mejor guion original el año siguiente. Morris Engel tiene otros dos largometrajes destacables, Lovers And Lollipops (1956) y Weddings and Babies (1958). Fue un tipo modesto que vivió plácidamente con una joya inigualable en el desván.

The Savage Eye

Barbara Baxley, mujer atormentada en 'The Savage Eye'.

Sidney Meyers – The Quiet One / The Savage Eye
El caso de Sidney Meyers es similar al de Engel, puesto que estos directores se encargaron de realizar películas modestas, con equipos reducidos, cámaras ligeras y no tenían inconveniente alguno en dirigirlas entre varios amigos. Lo que no implica necesariamente que el resultado tenga que ser una chapuza amateur como tantas se han hecho y se siguen y seguirán haciendo. Meyers dirigió The Quiet One en 1948, una narración en tono documental (que no un documental) en torno a un joven afroamericano que vive en los suburbios de Nueva York y tiene serios problemas para adaptarse en tanto dentro como fuera de su hogar. Si se le puede llamar hogar a vivir con personas que no te hacen ni caso. Esta triste y verdadera historia, coescrita junto al Premio Pulitzer James Agee, recibió igualmente una nominación al Oscar a mejor guion original en 1949.

Años después, en 1959, Meyers se juntó con Joseph Strick y Ben Maddow para llevar adelante la historia de una mujer recién divorciada que cambia Nueva York por una menos fotogénica ciudad de Los Ángeles para comenzar una nueva vida. Los jóvenes directores comenzaron a filmar la ciudad y a la gente, junto al devenir de esta mujer atormentada. Cuando consiguieron algo más de financiación, pudieron hacerse con un equipo para grabar el sonido (muy pesado por aquel entonces). Estas condiciones les permitieron inventar una voz en off, la conciencia, o más bien un ángel de la guarda, que habla durante prácticamente todo el metraje con esa mujer atormentada y vulnerable, que odia pero a la vez sigue necesitando a su marido. Un recurso que recuerda por momentos a El cielo sobre Berlín (Wim Wenders, 1987). De este modo, el film se mueve sin complejos entre lo experimental y el cinéma verité que practicaba al mismo tiempo Jean Rouch en Francia.

On The Bowery

'On the Bowery' refleja la cruda realidad de unos mendigos.

Lionel Rogosin – On The Bowery
On the Bowery también obtuvo una nominación al Oscar, en la categoría de mejor documental (¡sin ser un documental!). De las películas aquí citadas, es la que posee unas imágenes más impactantes, gracias principalmente a una fotografía en blanco y negro mucho más contrastada y pulida. Pero también, esta película de 1957 conmueve por sus personajes, tan verdaderos que no son actores y tan de verdad que son, de profesión, mendigos. Rogosin se encarga muy bien de retratarlos, porque, ante todo, son personas, que no tienen casa y ni por tener ni donde caerse muertos. Huraños, ladronzuelos, borrachines y hasta, a veces, solidarios, como cualquier otro con los bolsillos llenos.

“The Bowery” es uno de los barrios más pobres de Nueva York, donde se recrea una ficción en la que una serie de personajes sin futuro duermen en la calle o luchan por conseguir cobijo en los comedores y centros sociales, y hasta van a escuchar la misa. Así, por medio de un personaje central más joven que encierra un mínimo de esperanza, Rogosin traza un relato comprometido, una película antipática e incómoda para cualquier gobierno occidental, porque refleja con enorme crudeza, pero sin tremendismos, el día a día de una serie de marginados en la gran ciudad, a diferencia de la imagen institucional idealizada que sigue caracterizando a buena parte del cine mainstream. Y es que mucho antes de Sundance, Spike Lee o David Simon, en Estados Unidos hubo quienes se molestaron en hacer cine por sus propios medios, pero mostrando a la vez hincapié en las desigualdades sociales y por medio de personajes indefensos. Y que ahora a nosotros nos toca defender, porque lo hicieron realmente bien, que a nadie se olvide.