‘Mad Men’: en abierto y sin subtítulos

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La cabecera de ‘Mad Men’, de las más sofisticadas que se han visto.

Quién me iba a decir, cuando empecé a seguir Mad Men allá por el año 2008, que iba a ver la séptima y última temporada desde los Estados Unidos. A veces nuestras propias vidas cambian más que las de los personajes que vemos en la ficción. Aunque el final de la serie no lo conoceremos hasta 2015, porque lo han dividido en dos partes de sietes episodios. En lugar de verla través de Internet semanas o incluso meses después en DVD en un atracón, ahora puedo ver Mad Men cada semana en televisión, en la cadena AMC, ya sin subtítulos, pero, eso sí, con muchos anuncios. Cada domingo a las 10 p.m. enfrente del televisor. Frente a la vida de Don Draper, un hombre inmerso en una encrucijada perpetua, y ante el pasado de América en cuestión.

Tratar de vivir

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‘The Wind Rises’ (Hayao Miyazaki, 2013).

Se termina otro mes de esos que no estaban premeditados, dejándome llevar de nuevo por los acontecimientos. He viajado de norte a sur, a ratos por placer y en otros por compromiso, y ha hecho algo de viento durante estos días. Justamente me he encontrado, sin buscarla tampoco, con la última obra de Miyazaki, donde básicamente un joven trata de vivir lo mejor que puede. Dejándose llevar por todo lo que hay a su alrededor, tratando a la vez de que sus deseos se cumplan. Y demostrando que a veces no basta con seguir aquel dicho de luchar contra viento y marea. Sino que la virtud consiste también en dejarse llevar, en esperar que las olas rompan, aparezcan las nuevas y poder así decidir en el momento adecuado.

Le vent se lève! . . . il faut tenter de vivre!
L’air immense ouvre et referme mon livre,
La vague en poudre ose jaillir des rocs!
Envolez-vous, pages tout éblouies!
Rompez, vagues! Rompez d’eaux réjouies
Ce toit tranquille où picoraient des focs!

Paul Valéry, El cementerio marino

El sureño que acecha la Casa Blanca

House of Cards

Kevin Spacey interpreta a un político de South Carolina en ‘House of Cards’.

Netflix ha vuelto a sorprendernos. El videoclub virtual estadounidense y productor de televisión (se rumorea que pronto dará el salto al cine) acaba de estrenar la segunda temporada de la serie House of Cards y lo ha hecho como se merece: todos los episodios de la nueva temporada vuelven a estar disponibles en streaming desde el mismo día del estreno. Es una buena noticia porque supone no haberse dejado llevar por el éxito cosechado al aportar la diferencia que puede otorgar con respecto a la televisión convencional, y darle así al espectador la oportunidad de elegir cómo y cuándo quiere ver los episodios. De esta forma, ver la serie (de manera totalmente legal) se convierte, desde el día de su estreno, en un ritual cada vez más parecido al de leer una novela.

Recordemos que la serie está inspirada en una miniserie británica de 1990, basada a su vez en una novela de 1989. Y mucho se lleva comentando sobre House of Cards desde hace aproximadamente un año. Así que me voy a centrar únicamente en un aspecto que muchos quizá hayan pasado por alto pero que para mi, por cuestiones meramente espacio-temporales, ha sido imposible que fuera inadvertido. Se trata de que el protagonista de la serie, el congresista Francis Underwood, al que da vida Kevin Spacey, es originario de South Carolina. Y no es un mero detalle, sino que se convierte en una faceta que le otorga buen empaque al personaje.

Así pues, se nos presenta a un self-made man cuyo placer secreto no es encontrarse con la joven amante (Kate Mara) ni con su preciosa mujer (Robin Wright), sino que -alimentando el estereotipo sureño- es ir a desayunar a un recóndito restaurante de barbacoa a comer las mejores costillas de la capital que le sirve su amigo, ese sí, afroamericano. Tras haber sido ninguneado para el puesto de Secretario de Estado, se convierte en el whip, encargado de controlar el destino de las votaciones del Congreso desde una posición muy cercana al presidente. Y cuesta definir el bando político de Underwood sin que nos lo indiquen porque, según justifica el creador de la serie Beau Willimon en esta entrevista, ser demócrata en un estado redneck como South Carolina no implica llevar la ideología consigo, sino pertenecer a ese bando desde varias generaciones atrás. De modo que vemos cómo el congresista -que visita este bonito Estado rural hasta en dos ocasiones durante la primera temporada- solo sabe de estrategias de voto y trato personal a la hora de materializar sus ambiciosos intereses, nada menos que rumbo a la vicepresidencia de los Estados Unidos.

House of Cards es innovadora en lo que respecta a su difusión, y en términos estilísticos únicamente destacan esos parlamentos del protagonista a la cámara, un diálogo directo a modo de confesionario con el espectador que de novedoso nada tiene. La dirección es virtuosa y se aprecia en cada episodio; recordemos que el piloto está dirigido por David Fincher y luego le han seguido otros profesionales de la talla de Joel Schumacher. Por ahora, lo más interesante que ofrece House of Cards es que el sorprendente giro de la trama no acaba de consumarse del todo: el thriller político llega a tomar un pulso constante con el criminal. En consecuencia, si en un principio nos acordábamos de The West Wing, después llegamos a rememorar más bien a Dexter o incluso a Tony Soprano o Walter White, al encontrar de nuevo un personaje de esos que llegan a un punto de no retorno, regresando a casa con las manos limpias, cuando recién estaban manchadas de sangre.

La tormenta y la ficción

Oscar Isaac es Llewyn Davis en 'Inside Llewyn Davis' (Joel y Ethan Coen, 2013).

Oscar Isaac es Llewyn Davis en ‘Inside Llewyn Davis’ (Joel y Ethan Coen, 2013).

Se anunciaba tormenta de nieve en Columbia, SC. Algo que, según me comentan, no ocurre todos los años. Los americanos son muy dados a activar el dispositivo de emergencia en cuanto hay algún peligro a la vista. Así que los dirigentes sureños esta vez optaron, antes de que empezara a nevar, de hecho, antes de que empezara hasta a hacer frío, por cerrar colegios y universidades y buena parte de los comercios hasta nuevo aviso. Con esas, nos hemos visto en casa a mitad de semana mirando de reojo por la ventana esperando la nevada. Por televisión e Internet nos han ido llegando noticias de que la tormenta, sin llegar a tratarse nunca de algo sobrenatural, comenzaba a colapsar los estados colindantes.  A los del norte, que pasan varios meses a temperaturas bajo cero, todo esto, claro, les parece ridículo. Finalmente llegó la nieve y el paseo de fotos y pelotazos nos ha sentado estupendamente, porque teníamos el cerebro ya seco de tanta lectura y ordenador. Para rematar, eso de estar tanto tiempo en casa nos ha valido la visita (inesperada) de una pareja de mormones. Sí, de los que llaman a la puerta y tratan de inculcarte sus creencias. Como en las películas.

Joaquin Phoenix es Theodore Twombly en 'Her' (Spike Jonze, 2013).

Joaquin Phoenix es Theodore Twombly en ‘Her’ (Spike Jonze, 2013).

El mes de enero de este intrépido 2014 se va terminando y me sigo acordando de dos grandes personajes de ficción que he conocido al regresar a las Américas. En un año de numerosas  producciones basadas en hechos reales –12 Years a Slave, American Hustle, Captain Phillips, The Wolf of Wall Street o Dallas Buyers Club; por recordar que son más de la mitad de las nominadas al Oscar a mejor película–, conviene reivindicar aquellas creaciones originales que muchas veces suelen ser más auténticas que aquellos acontecimientos rescatados del pasado y narrados al pie de la letra.

En primer lugar, Inside Llewyn Davis, (inspirada, que no basada, en hechos reales) muestra desde su inicio a un tipo que no parece demasiado afortunado y al que, efectivamente, las desdichas le irán persiguiendo a lo largo de su travesía para triunfar con su ansiado álbum en solitario. Me cae especialmente simpático este tipo de personaje porque, pese a tener todas las de perder (odio el término loser), mantiene su encanto gracias a que no pierde su objetivo, el de poder vivir de su vocación. La crítica musical podrá ser todo lo quisquillosa que quiera en cuanto a la fuente de inspiración de la historia (así lo exige su condición), pero tendrá que permitirnos centrarnos en la dirección de la película, y esta vez los Coen son sencillamente divertidos y maravillosos.

Otro guion que no pasa desapercibido por el magnetismo de su personaje principal es Her de Spike Jonze. Ambientado en Los Ángeles en un futuro próximo, su premisa de un solitario escritor (a sueldo, y de cartas) que mantiene una relación con un programa de ordenador (al que da voz, y solo voz, Scarlett Johansson) circula en todo momento en la cuerda floja. Joaquin Phoenix, una cuidadísima estética y unos diálogos y escenarios bien urdidos consiguen que la película crezca y acabe dejando una placentera sensación de haber presenciado un discurso, más que necesariamente visionario, insólito.

2013, el año de senderos que se bifurcan

Campus de la University of South Carolina

Una tarde de noviembre en el campus de la University of South Carolina.

Han sido muchos cambios en muy poco tiempo como para tratar de explicarlo, de momento quizá baste con empezar a asimilarlo. Terminar el año anterior en una gran ciudad europea y acabar este en una –casi– remota región de América ha supuesto renunciar a algunos sueños y al mismo tiempo abrir un futuro lleno de esperanzas y de no menos sorpresas. Leí hace poco decir al gran Roberto Bolaño que poco importa lo que uno viaje y donde se encuentre, siempre y cuando haya una buena biblioteca cerca, y esta sea visitada con frecuencia.

Hay tanto que contar sobre estos últimos doce meses que dejar la tarea para el último día del año se convierte en algo insignificante, que de nada bueno puede servir. Y solucionar el aprieto haciendo la clásica lista de películas favoritas del año no me parece conveniente por dos razones: no he podido asistir a ningún festival de cine, y hoy más que nunca, para tener una idea completa con la que hacer balance, hay que rebuscar más allá de la cartelera; aunque, eso sí, habré visto diez veces más películas que cualquier espectador medio; pero también pienso que la lista del pasado año merece ya una revisión, bien porque encuentras nuevas películas, bien porque las que incluiste en su momento pierden fuelle en la memoria y ganan otras. Por una sencilla cuestión de cambiar de gustos a medida que vas alimentando el conocimiento. Claro, que tengo todo mi derecho (todavía) a decir lo que me va gustando y lo que no.

Y al comenzar a repasar los títulos del año me acuerdo inmediatamente de Adèle. He ido a verla hace días con muchas expectativas y hasta con algunas reticencias, por todo el revuelo montado. Todavía sigo aturdido por esas tres horas de pasión, pero sobre todo, del cine magistral de Kechiche, siguiendo –a la vez que ampliando– la mejor tradición del cine francés. La vie d’Adèle es, junto con The Tree of Life, lo mejor de lo que llevamos de década. Luego To the Wonder nos ha demostrado que Terrence Malick es capaz de seguir fascinando. Casi nadie quedó satisfecho; a mí me dejó deslumbrado. Para completar el podio necesitaría más tiempo y más visionados. La grande bellezza merecería estar ahí. Before Midnight y 12 Years a Slave son las estadounidenses que más me han gustado; y ver La jaula de oro después de conocer el tema de los migrantes centroamericanos de primera mano ha sido una experiencia más que reveladora.

Tengo que pasar rápidamente por el cine español de 2013. Es triste y peligroso que películas tan lamentables como Alacrán enamorado o 15 años y un día hayan sido débilmente criticadas y, en cambio, estén siendo injustamente galardonadas. No podemos tolerar un cine que pretende ser socialmente comprometido y que, a su pesar, resulta anacrónico y totalmente alejado de la realidad. Parece que, entre otras, por culpa de las aberrantes declaraciones de un ministro con potestad, pero ninguna legitimidad ni credibilidad, estemos abocados a no poder juzgar con autonomía las películas producidas en España, por la simple suposición de que como las condiciones de rodaje y lanzamiento son precarias y hostiles, su existencia es ya de por sí un milagro y no conviene echar más leña al fuego. Un gravísimo error que implica la anulación del pensamiento crítico y nos remonta, una vez más, a épocas pasadas que deberíamos haber sido capaces de haber dejado atrás.

En suma, se confirma que la autocensura es uno de los peores males que hay que afrontar en estos tiempos; de todos modos, hemos podido ver algunas obras españolas a buen nivel. Caníbal, de Manuel Martín Cuenca, me ha parecido la de mejor factura. La herida, de Fernando Franco, seguramente la mejor opera prima. Y Mapa, de León Siminiani, la mejor de bajo presupuesto. Sobre las producciones llamadas “low cost” –nueva etiqueta para denominar un tipo de cine independiente que se lleva practicando desde hace décadas en todo el mundo, pero ahora con nuevas formas de distribución– convendría hacer un análisis exhaustivo en conjunto, y no solamente cada año.

He comenzado por Borges (“El jardín de los senderos que se bifurcan es [como todo lo que aquí escribo] una imagen incompleta, pero no falsa, del universo”), y terminaré con Debord; de un continente a otro; del cine a la literatura, de la novela a la pantalla, del ebook a la cámara digital; me adapto a los cambios porque soy un hombre de mi tiempo, el que me ha tocado vivir. Y, para terminar el año y empezar el nuevo, considero oportuno acordarme otra vez de Guy Debord y su Tesis sobre la revolución cultural:

Quienes quieren superar el viejo orden establecido en todos sus aspectos no pueden ligarse al desorden presente, ni siquiera en la esfera de la cultura. Deben luchar sin demora, también en el campo cultural, por la aparición concreta del orden móvil del futuro. Esta posibilidad, presente ya entre nosotros, desacredita toda expresión dentro de las formas culturales conocidas. Todas las formas de pseudo-comunicación deben llevarse hasta su completa destrucción, para llegar un día a la comunicación real y directa (al uso, en nuestra hipótesis, de medios culturales superiores: la situación construida). La victoria será para quienes sepan crear el desorden sin amarlo.