‘Après mai’ de Olivier Assayas: Sobrevivir después de todo

Lola Créton y Clément Métayer, protagonistas de ‘Après mai’ (Olivier Assayas, 2012).

Decir que el decimoquinto largometraje de Olivier Assayas (París, 1955) no es uno cualquiera, no quiere decir nada contra el resto, solamente se trata de acentuar la importancia que tiene el film Après mai (‘Después de mayo’, ganadora del premio al mejor guion en la Mostra de Venecia 2012) en la trayectoria de uno de los directores franceses más aclamados del momento. Ese itinerario comienza en 1986 con Désordre tras haber sido crítico en Cahiers du Cinéma –Assayas fue uno de los primeros en atreverse, a inicios de los años ochenta, a tratar de tú a tú a las nuevas corrientes del cine asiático y al cine de género de, por ejemplo, David Cronenberg–, además de ser guionista de, entre otros, André Téchiné (Rendez-vous, 1985) y director de algunos cortometrajes poco acertados pero que consiguieron atraer la atención de personalidades del entorno cinematográfico galo, que siempre ha visto con buenos ojos a aquellos capaces de captar la realidad del presente.

Après mai, una suerte de adaptación del ensayo escrito por el propio director Une adolescence dans l’après-Mai (2005), no es una vuelta al pasado en la carrera de Assayas, es más bien un reinicio, y en ningún caso un film testamento. Por el título, sería también un error quedarse con las secuelas de mayo del 68 como único motor de acción de la película. El aura del movimiento francés (y las actividades políticas que prosiguieron) entre los que vivieron esos acontecimientos y la generación posterior (la de Assayas) es la llave que abre la puerta para hablar de muchas otras cosas: música, pintura, cine militante y experimental, mundialización, liberación de la mujer… Se trata de replantear una época muy concreta de la Historia de Francia (el año 1971), pero también del mundo en su conjunto y, sobre todo, consigue transmitir una historia sobre la juventud y la vocación artística mediante la mirada de un adolescente, el propio Assayas, que tiene la capacidad de hacer que el espectador (de la edad que sea) pueda llegar a sentirse reflejado.

REGRESAR A LOS 70’s
En Après mai, Assayas no vuelve a sus anteriores películas, pero sí a un periodo que tiene marcado: la década de los setenta. Es curioso cómo ya en 1994, L’eau froide (El agua fría, 1994) trata el tema de juventud en una localidad “no muy lejos de París”, pero de forma más sencilla, es simplemente una película ambientada “en” los años setenta, con una banda sonora rockera para enmarcar. Sin embargo, casi veinte años después, Assayas firma su película “sobre” los años setenta, con otra banda sonora igualmente repleta de la música que escuchaba entonces. Ese matiz cambia el registro de los dos trabajos, ambos remarcables, inconfundiblemente del mismo autor, pero diferentes.

En la monumental Carlos (2010), Assayas vuelve a esos años setenta desde una perspectiva histórica y biográfica. Après mai, en cambio, es una autobiografía, es su film más melancólico y está muy por encima de otra película reciente que reconstruye un pasado juvenil y revolucionario como es On the Road de Walter Salles, ya que Assayas no comete el error de regocijarse en la estética vintage y sus bellos actores. Otro tema sería comparar Après mai con Les amants réguliers (2005), es decir, a Olivier Assayas con Phillippe Garrel, que, sin duda, es un noble pasatiempo que no me siento capaz de practicar. Salvo por la presencia de la joven Lola Créton (vista en Un amour de jeunesse de Mia Hansen-Love, 2011), los actores no son profesionales, empezando por el protagonista elegido como alter ego del director, Clément Métayer. La escasez de diálogos puede desencajar a más de uno, pero el pudor de la edad adolescente no invita a conversaciones fluidas, y se consigue así una película que tras una primera fase repleta de acciones reivindicativas, da paso a las sensaciones, aunque sin dejar de conceder imágenes impactantes y algún que otro diálogo mordiente.

ENCONTRAR SU VOCACIÓN
El entorno familiar siempre juega un papel importante a la hora de plantear el devenir de la juventud. Ya en el mencionado libro, el autor plantea que su descontento frente a la polarización de la izquierda le vino de antemano, cuando desde niño ya escuchaba los consejos de su padre, militante comunista ítalo-francés, emigrante en varias ocasiones a lo largo de su vida y finalmente reputado guionista bajo el pseudónimo de Jacques Rémy. Ante los fracasos de muchos de sus camaradas (los perdedores a los que se refería Serge Daney), que son, en definitiva, los de ciertos sueños y valores izquierdistas de la época que nunca se llegaron a consumar, Assayas prefirió guardar el vínculo con la sociedad, lo que supuso renunciar a la soledad de la pintura y tantear el mundo del cine. Un tipo de cine narrativo y figurativo –siempre más cercano a lo biográfico-romanesco de Truffaut que del realismo literal de Eustache– que ha planteado desde el principio para dirigirse al público, para no perder ese lado de compromiso y compartir su trabajo con la sociedad a la que se abrió. Resultando así un desenlace en una sala de cine londinense que es, nuevamente, el comienzo de una nueva vida que Olivier Assayas, como muchos otros antes (y esperemos que después), ha sabido llevar adelante por propia convicción.

Aquí la prueba de un breve (y premeditado) encuentro con Olivier Assayas.

Olivier Assayas - Une adolescence dans l'après-MaiContinuará…

Dos formas de representar la liberación de la plaza Tahrir

“La revolución está siempre al horizonte del cine, pero una vez llega, al menos sirve de reserva documental para la renovación del séptimo arte”
Tahar Chikhaoui, Crítico de cine y profesor tunecino

He tenido la oportunidad de ver dos documentales sobre las revueltas populares que supusieron el fin del gobierno de Hosni Mubarak en Egipto. Se trata de Tahrir 2011: The Good, The Bad and The Politician compuesto por tres capítulos independientes; y Tahrir: Plaza de la revolución, filmado por el italiano Stefano Savona en la misma plaza de El Cairo donde se llevaron a cabo las concentraciones de protesta. De modo que, justo cuando se cumple el primer aniversario de la “primavera árabe”, estas películas nos permiten encontrar distintas visiones de unos acontecimientos, ya de por sí, históricos.

Tahrir_savona

En el film de Savona, zapatos al aire en la plaza Tahrir como forma de protesta.

Tahrir: Plaza de la revolución. El film de Stefano Savona, documentalista italiano con anteriores proyectos en Gaza, Kurdistán y la región de L’Aquila en su propio país, es el más cinematográfico de los dos mencionados. El realizador, que conoce Egipto desde hace años, partió directo a la capital en enero de 2011 nada más comenzar las primeras movilizaciones. Cámara en mano (una Canon 5D), Savona se encarga de retratar el ambiente que se respira en la plaza principal de El Cairo, Tahrir, que se va convirtiendo para los manifestantes en una simbólica “República de Tahrir”. Es ahí donde se agrupa el grueso del pueblo egipcio para demandar la salida del poder de Mubarak, jefe del Estado desde 1981, y protestar de paso por las condiciones de vida a las que están sometidas las clases populares hoy en día.

Savona introduce la cámara hábilmente en los corrillos, en las conversaciones y también en los cánticos desgañitados de hombres y mujeres de todas las edades. El resultado es un montaje de hora y media en el que se palpa desde la tremenda inquietud del ambiente, al progresivo optimismo que se va generando, hasta la renuncia definitiva del dictador. Sin olvidar, claro, que el final no se queda ahí, sino que la revolución como tal todavía está en plena efervescencia.

tahrir_the good

El pueblo egipcio, en el primer episodio de 'The Good, The Bad and The Politician'.

Tahrir 2011: El bueno, el malo y el político. Este otro documental viene firmado por dos directores (Tamer Ezzat y Amr Salama) y una directora (Ayten Amin). Dividido en tres episodios, cada uno se encarga de retratar un aspecto de la revolución en Egipto. Ya desde su título, se vislumbra una mirada singular y algo satírica de los acontecimientos. En el primer capítulo (El bueno) se recapitula una buena cantidad de imágenes de las protestas. Llama especialmente la atención el testimonio de un joven, que explica cómo le salvó la vida la armadura que llevaba debajo de la ropa cada día para salir a la plaza. En el segundo (El malo) los protagonistas son los soldados y policías egipcios, cuyas declaraciones –en su mayoría con los rostros desenfocados– pretenden reflejar que, pese a la indiscriminada violencia mostrada en muchos casos, también hubo agentes que apoyaron las protestas, o al menos, no contaban con unos argumentos claros para reprimirlas.

El tercer episodio (El político) es seguramente el más cómico y original de ellos y, a su vez, el más próximo al formato televisivo. Con una serie de montajes en torno a la figura del dictador Mubarak, se parodia el estilo de vida del personaje y su entorno. Desde el tinte para el cabello que ninguno de ellos olvida utilizar, a las artimañas en los discursos y la comunicación pública que se han evidenciado con el paso de los años, intentando equiparar a toda costa su figura con la nación. En la película hay una irónica afirmación que resume muy bien lo rocambolesco de este tipo de dictaduras faraónicas, algo así como: “Lo mejor es que el hijo de Mubarak tome después el poder, porque nos va a salir muy caro reemplazar los más de mil letreros de instituciones públicas que llevan su nombre”.

Además de estas dos películas mencionadas, los expertos en el tema recomiendan absolutamente el film Microphone (2009), una comedia dramática sobre el entorno underground en Egipto donde se aprecian los síntomas de cambio que darán la vuelta al mundo un tiempo después. También, ya realizados en 2011, los documentales 18 days, que se refiere a la duración de las protestas egipcias; y Plus jamais peur (Miedo nunca más), en torno a las primeras protestas que se desarrollaron en Túnez, van dirigidos a todos aquellos que quieran conocer más a fondo estas movilizaciones que, según reflejan, no han hecho más que empezar.

Las imágenes necesarias

Decía Serge Daney que los franceses no siempre tienen la necesidad de recurrir a su pasado y transformarlo en ficción, porque “ser francés es una esencia, nunca una historia”. Ya en 1982, el famoso crítico y pensador se refería a la escasez de material de ficción sobre las históricas reivindicaciones de mayo del 68 por tratarse de unos eventos con “pocos muertos, no suficientes mártires y demasiados perdedores”.

Grandes noches y pequeñas mañanas…
Sin embargo, si nos adentramos en el terreno del documental, el reportaje o incluso el meramente informativo, el debate cambia porque el simple hecho de filmar se convierte en un recurso fundamental para retransmitir los sucesos al resto del mundo. Viendo el imprescindible film de William Klein Grands soirs & petits matins en la edición número 12 de las jornadas de cine político de Saint-Denis, me di cuenta de la enorme importancia que supuso grabar los hechos del preciso momento, cuando se trata de un presente cuyas imágenes se han convertido en historia. Una historia que ahora otros podemos contemplar y juzgar gracias a unas potentes imágenes y a una narración, la del cineasta estadounidense, casi imperceptible y a la vez consistente.

Gracias a las imágenes filmadas por Klein durante aquellas semanas, y al relato construido a partir de ellas (donde los anacrónicos discursos de los políticos se solapan con gran astucia frente a los de los estudiantes), los jóvenes de hoy en día podemos ver a los de aquel entonces, burgueses en su mayoría, agitando las calles de París con barricadas y aireando los anfiteatros de la Sorbona, incluyendo las discrepancias que planteaban los verdaderos obreros comunistas a los estudiantes idealistas. Se trató de una masa que reivindicó unos derechos nuevos: del “Prohibido prohibir”, “Las paredes tienen la palabra” al “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, famosos e innumerables eslóganes que los jóvenes supieron alimentar con buenas dosis de ironía, reivindicación y también de coraje.

mai-68-manif

… que ahora se repiten
Además de la exuberante bibliografía que existe del tema, es importante contar con unas buenas imágenes de mayo del 68, porque su percepción cambia en el momento en que las veamos. Hace pocos años, personalmente, me sonaban a idealismo trasnochado, y en cambio hoy en día se funden en medio de las corrientes de protesta que vivimos actualmente, que se han ido desarrollando desde principios de 2011, desde los países árabes a Wall Street. Unas protestas de las que me gustaría saber hablar, pero no puedo porque no conozco suficientemente bien sus causas ni a sus protagonistas.

Ahora mismo solo me atrevo con España y el movimiento 15-M, que está sabiendo transmitir un sentimiento de justicia y de unidad, y cuyas protestas están siendo más fructíferas y poderosas que todas las manifestaciones de los últimos veinte años juntas. Unas protestas que han venido seguidas de un movimiento democrático ejemplar, haciendo participar a miles de ciudadanos indignados, jóvenes y no tan jóvenes, en manifestaciones, acampadas y asambleas que buscan, desde el primer momento, transmitir solidaridad y valores democráticos básicos. Tanto es así,  que en Madrid y otras ciudades y pueblos, siguen desconcertando a medios de comunicación y al poder local, regional y nacional, porque ahora los okupas son también licenciados, y únicamente saben reaccionar ante ellos utilizando una siempre injustificada violencia policial.

Podemos comprobarlo sin estar ahí presentes (porque el movimiento continúa) gracias a la enorme cantidad de material audiovisual que se genera, mucho más que en 1968. No hay duda de que estas nuevas protestas se han llevado a cabo gracias a las tecnologías (de ahí lo de revolución 2.0), pero todavía queda la sospecha de si sus infinitas imágenes poseen una mejor calidad que entonces, no de definición pero sí de realización. Aunque no deja de ser curioso cómo,  en buena parte de los cortometrajes de ficción de la última edición del Notofilmfest se respira el aroma de la crisis, y hay alguno que otro que ha sabido aprovechar la situación con total ingenio. Además, de los cientos de películas que vi en el año 2011, la que más me conmovió fue una muy corta de la que desconozco el nombre de su director; la vi solo, frente a mi ordenador; fue el testimonio de Manolo, en la puta calle, recién expulsado del Hotel Madrid.

PuertadelSol_15M_

En busca del trabajo despreciado
“Forget 68”, dice ahora el eurodiputado Daniel Cohn-Bendit, el que fuera una de las cabezas visibles del movimiento estudiantil. Y quizá el eslogan sesentayochista “Le patron a besoin de toi, tu n’as pas besoin de lui” (Tu jefe te necesita, tu a él no) resuma en buena medida el espíritu de lucha de entonces en contraposición al que actualmente vivimos. Ahora el jefe te sigue necesitando, pero tú lo necesitas a él más que él a ti, porque el desempleo masivo ha creado una situación casi insostenible de desesperación por encontrar un trabajo, el que sea. En este aspecto, las reivindicaciones de ahora nada tienen que ver con el periodo de finales de los años 60, donde no faltaba el empleo pero sí las libertades individuales. Antes se trataba de parar el país y hacer la revolución para construir una vida mejor con los tuyos.

Entre las conclusiones positivas del movimiento que se sacaron en el coloquio posterior a la proyección de la película, se destacó que aquellas protestas y aquel espíritu de mayo del 68 ayudaron a cambiar de mentalidad sociocultural y a mejorar la calidad de vida. En Francia la jornada laboral se ha reducido hasta llegar a la famosa ‘ley Aubry’ de las 35 horas (que la derecha ultraliberal francesa siempre ha crucificado pero que no se ha atrevido a aumentar) y, eso sí, el concepto de ocio se ha ido desarrollando hasta las cotas (en ocasiones disparatadas, por ejemplo: ¿Megaupload es realmente un derecho?) que actualmente vivimos.

Pero ahora en Francia, parece que el acto más revolucionario al que uno puede aspirar es votar al Partido Socialista para que Sarkozy abandone el poder. En España, en cambio, con las cuentas en la bancarrota, millones de jóvenes con la moral por los suelos y un electorado de izquierdas que se siente estafado por un gobierno “socialista” que quizás no supo hacer lo más fácil, ser fiel a sus principios, los jóvenes persisten en una lucha por un trabajo que nadie desea pero todos creemos imprescindible para obtener la añorada estabilidad. Pero más que nada, ahora se comienza a luchar por una democracia más justa, una democracia real, de verdad, en la que participemos todos, no solamente emitiendo un voto cada X meses o años. Porque es esa democracia injusta y falsa la que nos lleva a la situación actual, a una desigualdad aún mayor, a una lucha desesperada por un trabajo que, una vez se encuentra, nos recuerda que no es precisamente el ideal por el que mereció, ni merece, la pena combatir.