El pachuco y otros extremos

'American Me' (Edward James Olmos, 1992).

‘American Me’ (Edward James Olmos, 1992).

El pachuco ha perdido toda su herencia: lengua, religión, costumbres, creencias. Sólo le queda un cuerpo y un alma a la intemperie, inerme ante todas las miradas. Su disfraz lo protege y, al mismo tiempo, lo destaca y aísla: lo oculta y lo exhibe.

Con su traje –deliberadamente estético y sobre cuyas obvias significaciones no es necesario detenerse–, no pretende manifestar su adhesión a secta o agrupación alguna. El pachuquismo es una sociedad abierta –en ese país en donde abundan religiones y atavíos tribales, destinados a satisfacer el deseo del norteamericano medio de sentirse parte de algo más vivo y concreto que la abstracta moralidad de la “American way of life”–. El traje del pachuco no es un uniforme ni un ropaje ritual. Es, simplemente, una moda. Como todas las modas está hecha de novedad –madre de la muerte, decía Leopardi– e imitación.

Octavio Paz, “El pachuco y otros extremos”, en El laberinto de la soledad (1950).

‘The Sixties’

Simón del Desierto

‘Simón del desierto’ (Luis Buñuel, 1965).

Si trato de ver algo la televisión en Estados Unidos es por Mad Men (AMC), Louie (FX)… y por algo de curiosidad. El mero acto de pasar canales, eso que rápidamente se denominó hacer zapping, se vuelve casi enfermizo cuando tienes cientos de ellos pero no precisamente un buen servicio, sino el más básico de todos. Al menos tengo CNN, pensaba al principio como un alivio. Sin embargo, pese al prestigio o buena imagen que pueda tener la cadena por sus servicios informativos, desde un primer momento me han decepcionado. Especialmente por el hecho de que apuestan por lo monográfico, es decir, tratar un solo tema de actualidad durante horas, días e incluso meses. Ucrania o el avión siniestrado de Malasia son dos de cuyo tratamiento informativo nunca olvidaré. Ahora bien, también CNN hace de vez en cuando producciones propias y The Sixties llamó mi atención por mi particular interés en la década de los sesenta. Se trata de una serie documental, cuyo primer episodio se centra en la televisión, y en aquel momento en que se convirtió en el medio de comunicación por excelencia, cuando se configuro la todavía existente (aunque en ocasiones moribunda) sociedad del espectáculo. Como no tenía suficiente con ello, me he vuelto a acordar de Buñuel, por una simple cuestión transatlántica.

Una sala independiente y la dichosa frase

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El Nickelodeon Theatre, la única sala de cine independiente en Columbia, SC.

Entre las razones que me han arrastrado hasta los Estados Unidos, está mi loco afán por el cine y poder conocer en persona el país donde, como ya sabemos, está su mayor industria. Aunque precisamente no estoy en un lugar donde al cine se le preste especial atención, sino que simplemente está ahí presente como en cualquier otra parte del mundo. De todas formas, esto es América, y el acto de ir to the movies sigue teniendo buena parte de ritual. Lo pude comprobar en mi primera experiencia en una multisala estadounidense viendo Elysium: cubos enormes de palomitas recubiertas de mantequilla y una panzada de tráilers de películas pertinentemente clasificadas por edades fueron los dos detalles que más me llamaron la atención. Otro, con el que ya contaba, es que las películas son en versión original… sin subtítulos.

Me lo habían mencionado antes de llegar a Columbia: “Si te gusta el cine, tienes que ir al Nickelodeon Theatre. Ahí ponen muy buenas películas y muchas extranjeras”. En efecto, el Nick está en pleno centro de la ciudad a diferencia del resto de salas que se encuentran, sino en las afueras, sí alejadas del downtown, y se autodefine como nonprofit cinema (sin ánimo de lucro). Así que ya soy socio de este nada selecto club que lleva funcionando desde 1979 y trayendo así películas de todo el mundo, más o menos independientes, junto a ciclos temáticos y festivales de cortos. Y además de palomitas uno puede pedir cerveza o vino y entrar servido en la sala.

De modo que me atrevería a decir que por primera vez me he tomado una cerveza dentro de una sala de cine. Ha sido viendo Blue Jasmine, la nueva de Woody Allen. Aquí, en Carolina del Sur parece haber quedado relegada al circuito reducido. Aunque en esta ocasión no ha sido del todo así en todo el país, ya que la distribución de sus películas vuelve a ser masiva gracias al (¿inesperado?) éxito de Midnight in Paris. Voy a pasar de puntillas por esos comentarios de la película que ya empiezan a retumbar: Cate Blanchett haciendo de mujer desclasada lo borda, cada personaje secundario justifica con creces su presencia y, sí, será porque filma en casa de nuevo… Vuelve el mejor Woody Allen (seguro que hasta después de Vicky Cristina Barcelona alguien utilizó esa dichosa frase).

Y son muchas las versiones de Blue Moon que podría haber elegido Woody Allen. En esta ocasión ha sido una nueva versión instrumental. Mi favorita sigue siendo la de Django Reinhardt.

En otro país

'South Carolina Morning' (Edward Hopper, 1955).

‘South Carolina Morning’ (Edward Hopper, 1955).

Le pido permiso a Edward Hopper para encabezar esta entrada -y este blog, al menos por el tiempo que sea necesario- al tratarse de la mejor forma de ligar París y Columbia (mi nueva ciudad, la capital de Carolina del Sur), Francia con Estados Unidos, Europa con América, y retomar pues este espacio de escritura desenfadada y reflexión en torno al cine y sus derivados. Es así porque el pasado diciembre en la exposición del Grand Palais me encontré con esta preciosa instantánea sureña que no olvidé, cuando ya sabía que había posibilidades (entonces remotas) de pisar aquel territorio.

Fue una lástima dejar Madrid, tras pasar unos meses de nuevo, viendo lo complicado que está todo y a la vez la de cosas que se pueden hacer y se están haciendo ahí. Cualquier oportunidad de marcharse parece que le hace a uno afortunado, pero a la vez me sigo yendo con ánimos al ver que aún hay gente que te sigue dando motivos para regresar algún día.

Llevo poco más de una semana en esta tierra. Pertenece a la América más originaria, al ser uno de los estados fundadores. Es un lugar más exótico de lo que esperaba, por el clima húmedo y por el paisaje un tanto salvaje. Empiezo a notar que es una ciudad -quizá es así todo el país- de grandes contrastes. A estas alturas no sorprenden muchos de los aspectos de la vida americana, porque han llegado a buena parte del mundo. Aún así, desde el primer momento se notan diferencias enormes. Principalmente, el hecho de que todo es enorme: los coches, las casas, los alimentos, las personas…

Los primeros paseos a pie y, sobre todo, en carretera, la primera toma de contacto con el campus donde comienzo el doctorado, me están ofreciendo una nueva visión del mundo que espero poder reflejar aquí. Aunque sea únicamente a base de fragmentos, impresiones o brochazos.

La película imposible de Buñuel

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François Truffaut y Luis Buñuel durante el rodaje de ‘Tristana’ (1969).

El pasado lunes 26 de noviembre tuve la oportunidad de entrevistar en un lujoso hotel de París (para la página web de la revista Fotogramas) al director taiwanés Ang Lee, con motivo del estreno de su nueva película La vida de Pi. Es la adaptación de la novela de Yann Martel (2002), en la que se describe el naufragio de un joven hindú en medio del océano frente a un inmenso tigre de bengala. Un argumento tremendamente difícil de trasladar al cine que ha costado años de preparación pero finalmente se ha logrado. El resultado es una espectacular película en tres dimensiones que guarda una escrupulosa fidelidad con la obra original. De este modo, tenía claro que una de mis preguntas a Ang Lee sería conocer su opinión sobre los obstáculos que el cine tiene hoy en día en términos de realización, si considera posible narrar cualquier historia en imágenes.

Cuando pensé en ello, inmediatamente me vino a la memoria una anécdota que había leído este año en un libro muy especial: Les films de ma vie de François Truffaut (del que convendría hacer una nueva edición en español), una recopilación que hizo en 1975 el célebre director francés de sus escritos sobre cine. En el apartado Outsiders hay un texto sobre Luis Buñuel que Truffaut escribió en 1971 a propósito de una presentación en el Ciné-Club Victorine. En dicho texto, el director de Los 400 golpes recuerda que su primera entrevista a un director de cine fue a Buñuel, en el año 1953, cuando el entonces joven crítico de Cahiers du Cinéma apenas superaba los veinte años. Precisamente rememora una pregunta y la respuesta que obtuvo:

– ¿Tiene usted una película imposible de rodar?

– No exactamente, pero sí tengo una película con la que sueño y que no rodaré jamás: inspirándome en las obras de Fabre, inventaría personajes tan realistas como los de cualquier película, pero éstos tendrían las características de algunos insectos; la heroína se comportaría como una abeja, un joven como un escarabajo, etc. Ya va entendiendo por qué este proyecto no tiene ninguna esperanza.

A fin de cuentas, la anécdota sobre esa especie de film imposible, “sin esperanza” para Buñuel o “film del instinto” como señala Truffaut posteriormente en su escrito, me sirvió de punto de partida para la pregunta que había preparado. Por su parte, Ang Lee confesó su profunda admiración hacia el genio de Calanda (“Luis Buñuel is one of my heroes”, dijo al final de la entrevista con una sonrisa), aunque no se animó a compartir una película irrealizable que tuviera en mente. Más bien hizo todo lo contrario: se atrevió a decir que “ahora todo es posible… si eres lo suficientemente bueno”.