El sureño que acecha la Casa Blanca

House of Cards

Kevin Spacey interpreta a un político de South Carolina en ‘House of Cards’.

Netflix ha vuelto a sorprendernos. El videoclub virtual estadounidense y productor de televisión (se rumorea que pronto dará el salto al cine) acaba de estrenar la segunda temporada de la serie House of Cards y lo ha hecho como se merece: todos los episodios de la nueva temporada vuelven a estar disponibles en streaming desde el mismo día del estreno. Es una buena noticia porque supone no haberse dejado llevar por el éxito cosechado al aportar la diferencia que puede otorgar con respecto a la televisión convencional, y darle así al espectador la oportunidad de elegir cómo y cuándo quiere ver los episodios. De esta forma, ver la serie (de manera totalmente legal) se convierte, desde el día de su estreno, en un ritual cada vez más parecido al de leer una novela.

Recordemos que la serie está inspirada en una miniserie británica de 1990, basada a su vez en una novela de 1989. Y mucho se lleva comentando sobre House of Cards desde hace aproximadamente un año. Así que me voy a centrar únicamente en un aspecto que muchos quizá hayan pasado por alto pero que para mi, por cuestiones meramente espacio-temporales, ha sido imposible que fuera inadvertido. Se trata de que el protagonista de la serie, el congresista Francis Underwood, al que da vida Kevin Spacey, es originario de South Carolina. Y no es un mero detalle, sino que se convierte en una faceta que le otorga buen empaque al personaje.

Así pues, se nos presenta a un self-made man cuyo placer secreto no es encontrarse con la joven amante (Kate Mara) ni con su preciosa mujer (Robin Wright), sino que -alimentando el estereotipo sureño- es ir a desayunar a un recóndito restaurante de barbacoa a comer las mejores costillas de la capital que le sirve su amigo, ese sí, afroamericano. Tras haber sido ninguneado para el puesto de Secretario de Estado, se convierte en el whip, encargado de controlar el destino de las votaciones del Congreso desde una posición muy cercana al presidente. Y cuesta definir el bando político de Underwood sin que nos lo indiquen porque, según justifica el creador de la serie Beau Willimon en esta entrevista, ser demócrata en un estado redneck como South Carolina no implica llevar la ideología consigo, sino pertenecer a ese bando desde varias generaciones atrás. De modo que vemos cómo el congresista -que visita este bonito Estado rural hasta en dos ocasiones durante la primera temporada- solo sabe de estrategias de voto y trato personal a la hora de materializar sus ambiciosos intereses, nada menos que rumbo a la vicepresidencia de los Estados Unidos.

House of Cards es innovadora en lo que respecta a su difusión, y en términos estilísticos únicamente destacan esos parlamentos del protagonista a la cámara, un diálogo directo a modo de confesionario con el espectador que de novedoso nada tiene. La dirección es virtuosa y se aprecia en cada episodio; recordemos que el piloto está dirigido por David Fincher y luego le han seguido otros profesionales de la talla de Joel Schumacher. Por ahora, lo más interesante que ofrece House of Cards es que el sorprendente giro de la trama no acaba de consumarse del todo: el thriller político llega a tomar un pulso constante con el criminal. En consecuencia, si en un principio nos acordábamos de The West Wing, después llegamos a rememorar más bien a Dexter o incluso a Tony Soprano o Walter White, al encontrar de nuevo un personaje de esos que llegan a un punto de no retorno, regresando a casa con las manos limpias, cuando recién estaban manchadas de sangre.