2013, el año de senderos que se bifurcan

Campus de la University of South Carolina

Una tarde de noviembre en el campus de la University of South Carolina.

Han sido muchos cambios en muy poco tiempo como para tratar de explicarlo, de momento quizá baste con empezar a asimilarlo. Terminar el año anterior en una gran ciudad europea y acabar este en una –casi– remota región de América ha supuesto renunciar a algunos sueños y al mismo tiempo abrir un futuro lleno de esperanzas y de no menos sorpresas. Leí hace poco decir al gran Roberto Bolaño que poco importa lo que uno viaje y donde se encuentre, siempre y cuando haya una buena biblioteca cerca, y esta sea visitada con frecuencia.

Hay tanto que contar sobre estos últimos doce meses que dejar la tarea para el último día del año se convierte en algo insignificante, que de nada bueno puede servir. Y solucionar el aprieto haciendo la clásica lista de películas favoritas del año no me parece conveniente por dos razones: no he podido asistir a ningún festival de cine, y hoy más que nunca, para tener una idea completa con la que hacer balance, hay que rebuscar más allá de la cartelera; aunque, eso sí, habré visto diez veces más películas que cualquier espectador medio; pero también pienso que la lista del pasado año merece ya una revisión, bien porque encuentras nuevas películas, bien porque las que incluiste en su momento pierden fuelle en la memoria y ganan otras. Por una sencilla cuestión de cambiar de gustos a medida que vas alimentando el conocimiento. Claro, que tengo todo mi derecho (todavía) a decir lo que me va gustando y lo que no.

Y al comenzar a repasar los títulos del año me acuerdo inmediatamente de Adèle. He ido a verla hace días con muchas expectativas y hasta con algunas reticencias, por todo el revuelo montado. Todavía sigo aturdido por esas tres horas de pasión, pero sobre todo, del cine magistral de Kechiche, siguiendo –a la vez que ampliando– la mejor tradición del cine francés. La vie d’Adèle es, junto con The Tree of Life, lo mejor de lo que llevamos de década. Luego To the Wonder nos ha demostrado que Terrence Malick es capaz de seguir fascinando. Casi nadie quedó satisfecho; a mí me dejó deslumbrado. Para completar el podio necesitaría más tiempo y más visionados. La grande bellezza merecería estar ahí. Before Midnight y 12 Years a Slave son las estadounidenses que más me han gustado; y ver La jaula de oro después de conocer el tema de los migrantes centroamericanos de primera mano ha sido una experiencia más que reveladora.

Tengo que pasar rápidamente por el cine español de 2013. Es triste y peligroso que películas tan lamentables como Alacrán enamorado o 15 años y un día hayan sido débilmente criticadas y, en cambio, estén siendo injustamente galardonadas. No podemos tolerar un cine que pretende ser socialmente comprometido y que, a su pesar, resulta anacrónico y totalmente alejado de la realidad. Parece que, entre otras, por culpa de las aberrantes declaraciones de un ministro con potestad, pero ninguna legitimidad ni credibilidad, estemos abocados a no poder juzgar con autonomía las películas producidas en España, por la simple suposición de que como las condiciones de rodaje y lanzamiento son precarias y hostiles, su existencia es ya de por sí un milagro y no conviene echar más leña al fuego. Un gravísimo error que implica la anulación del pensamiento crítico y nos remonta, una vez más, a épocas pasadas que deberíamos haber sido capaces de haber dejado atrás.

En suma, se confirma que la autocensura es uno de los peores males que hay que afrontar en estos tiempos; de todos modos, hemos podido ver algunas obras españolas a buen nivel. Caníbal, de Manuel Martín Cuenca, me ha parecido la de mejor factura. La herida, de Fernando Franco, seguramente la mejor opera prima. Y Mapa, de León Siminiani, la mejor de bajo presupuesto. Sobre las producciones llamadas “low cost” –nueva etiqueta para denominar un tipo de cine independiente que se lleva practicando desde hace décadas en todo el mundo, pero ahora con nuevas formas de distribución– convendría hacer un análisis exhaustivo en conjunto, y no solamente cada año.

He comenzado por Borges (“El jardín de los senderos que se bifurcan es [como todo lo que aquí escribo] una imagen incompleta, pero no falsa, del universo”), y terminaré con Debord; de un continente a otro; del cine a la literatura, de la novela a la pantalla, del ebook a la cámara digital; me adapto a los cambios porque soy un hombre de mi tiempo, el que me ha tocado vivir. Y, para terminar el año y empezar el nuevo, considero oportuno acordarme otra vez de Guy Debord y su Tesis sobre la revolución cultural:

Quienes quieren superar el viejo orden establecido en todos sus aspectos no pueden ligarse al desorden presente, ni siquiera en la esfera de la cultura. Deben luchar sin demora, también en el campo cultural, por la aparición concreta del orden móvil del futuro. Esta posibilidad, presente ya entre nosotros, desacredita toda expresión dentro de las formas culturales conocidas. Todas las formas de pseudo-comunicación deben llevarse hasta su completa destrucción, para llegar un día a la comunicación real y directa (al uso, en nuestra hipótesis, de medios culturales superiores: la situación construida). La victoria será para quienes sepan crear el desorden sin amarlo.