‘12 Years a Slave’: cuando Hollywood asume los nuevos códigos narrativos

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El director Steve McQueen, junto a los actores durante el rodaje de ’12 Years a Slave’, en las plantaciones Louisiana.

Algunos lugares o momentos son idóneos para ver determinadas películas. Y creo que South Carolina ha sido el sitio perfecto para enfrentarme a la realidad representada en 12 Years a Slave. El sur de Estados Unidos fue una de las zonas donde más se sufrió la esclavitud y posteriormente el racismo y la segregación. A día de hoy, los derechos civiles son iguales para todos, pero no hay más darse una vuelta por distintas zonas de la ciudad (Columbia, SC, en mi caso) para percatarse de que la desigualdad está, en demasiadas ocasiones, ligada al color de la piel.

No obstante, el tercer largometraje de Steve McQueen nos sitúa en Nueva York, Washington, D.C., y Louisiana, entre 1841-1853, y está basado en la historia de Solomon Northup, un hombre que pese a nacer en libertad, fue secuestrado y vendido como esclavo. Si se puede definir el cine que ha practicado hasta ahora el director británico (Hunger, 2008, y Shame, 2011), podríamos decir que ha conseguido obras magistrales en la forma, posiblemente discutibles en su contenido, y con un explícito interés por filmar el cuerpo humano. En esta incursión en tierras americanas no hay excepción, e incluso va más allá. Por su importancia, distante narración e impecable factura, la magnitud de esta obra está a la altura -y en sintonía- con las últimas de Terrence Malick o Paul Thomas Anderson. Y es que este virtuoso ejercicio de estilo tiene cabida en las carteleras de todo el mundo y en los premios de las Academias por un principal motivo: sirve a la vez como ejercicio de memoria colectiva norteamericana y, por tanto, la temática que se trata es una prioridad en el Hollywood de hoy, en la América de la era Obama, interesada en cerrar heridas y saldar cuentas con el pasado; lo cual me parece apropiado.

Quizá para cumplir con el cometido de llegar al mayor número de espectadores posible, 12 Years a Slave, una historia culminada con redención y esperanza, haya rebajado algunas dosis de ultraviolencia, pero desde luego que no por ello la película posee un solo momento de complacencia o simpatía. Y es así porque la cámara -ágil y estática a partes iguales, según lo requiere cada situación- nos introduce en el día a día de la vida del esclavo: una vida reducida al trabajo forzado y a los continuos berrinches de los amos, que se saldan con todo tipo de somantas de palos y humillaciones. No hay más artificio que el de filmar detenidamente, mostrando sin tapujos ni moralejas la crueldad y el odio entre iguales, para expeler en la cara del espectador, sino todo, al menos una muestra de ese sufrimiento. Los actores de renombre, Michael Fassbender o Brad Pitt (este, que figura como productor, aparece apenas cinco minutos), Paul Giamatti, Benedict Cumberbatch o Paul Dano, no consiguen robarle un solo plano al protagonista, Chiwetel Ejiofor, ni al resto del reparto femenino.

Y el sonido de las cigarras que se escucha durante buena parte del metraje en las escenas de exterior me sigue resonando en la cabeza. Es el mismo que se escucha continuamente en cuanto salgo por la puerta de casa.