Sobre críticas festivaleras

Après la bataille

Sigo la actualidad de los festivales internacionales de cine –en algunas ocasiones participando en ellos– desde hace suficiente tiempo como para darme cuenta de que algo falla en la cobertura periodística de los mismos. Por falta de tiempo, de ganas o de conocimientos, las crónicas se limitan a prestar atención a las películas más esperadas de los directores más conocidos, siendo cada vez más complicado dar con algún descubrimiento, dejándolos en la mayoría de ocasiones en manos del fallo del jurado. Además, hoy en día el entusiasmo hacia los trabajos más atendidos se esfuma incluso en cuestión de minutos después de la proyección.

En este sentido, no me parece justo que Terrence Malick tarde años en concebir su película y haya tuiteros que sean capaces de ridiculizarla tan sólo a dos minutos de haberla visto en su primera proyección pública. Eso ha ocurrido en la pasada Mostra de Venecia y, todavía sin verla, me quedan cada vez menos dudas de que To the Wonder será un film que gane con el paso del tiempo. Y es que me interesa cuestionar la crítica en los festivales de cine no solamente por el reciente desprecio a Malick, sobre todo por la producción francoegipcia Après la bataille de Yousry Nasrallah. Presentada el segundo día en la competición del festival de Cannes 2012, no es que fuera mal recibida por la crítica, es que fue prácticamente ignorada, limitándose a escribir en el mejor de los casos apenas unos renglones señalando sus “buenas intenciones”. Claro, lo que realmente sucede es que se esperaban otras películas mucho más “importantes” que aquélla, y simplemente no había tiempo para analizarla como se requería.

Una vez vista de forma reposada Après la bataille en París con motivo de su estreno en salas, presentada por el equipo de la película, leyendo entrevistas a sus responsables y viendo imágenes del rodaje en un buen dossier de prensa, uno se enfrenta ante la primera ficción sobre las secuelas de la primavera árabe en Egipto. Es una película imperfecta pero es un testimonio clave y único, que juega hábilmente con los distintos formatos digitales, narrando en presente unos hechos de enorme carga política que seguro ganarán al ser estudiados –y al ser reflejados de nuevo en pantalla– con una mayor perspectiva. Pero si el festival más relevante del mundo la ha situado en la sección oficial, tiene el derecho a ser calificada en las mismas circunstancias que el resto de competidoras. Y no ha sido el caso. Por no hablar ya de las secciones paralelas de Cannes y tantos otros certámenes, de las que no hay apenas noticia alguna.

No trato de señalar a los medios españoles en concreto. Soy el primero que ni siquiera mencionó Après la bataille al hacer un repaso de la pasada edición. Me parece un síntoma que se está dando en todo el mundo y se debe también a la escasez de recursos de los medios, que exprimen a sus enviados especiales, primando finalmente la cantidad (entrevistas, crónicas y críticas) de contenido por la calidad. Aunque si alguien conoce en otros países  casos paradigmáticos de cómo nunca se debe ejercer la crítica de cine (Carlos Boyero en Venecia o casi peor aún es el de Carlos Pumares en Locarno), por favor, que avise. Solamente pretendo llamar la atención de colegas y demás profesionales que cubren este tipo de acontecimientos a que intenten cuidar sus opiniones precipitadas, que pueden en muchos casos llegar a influir en el destino comercial de películas que merecen una segunda oportunidad y, sobre todo, mayor tiempo de reflexión para establecer así una opinión más justa y razonable.

El Étrange Festival en tres tomas (desde distintos ángulos)

etrangeFestival

El Étrange Festival de París ha llegado a su edición número 18 con un larguísimo programa y más de un centenar de proyecciones, entre una competición internacional, premieres internacionales, retrospectivas y cartas blancas a directores invitados. Lo que comenzó en los noventa como un encuentro de aficionados (freaks) en torno al cine de fantástico y de terror, con los años se ha convertido en un evento de notable repercusión, haciéndole frente incluso al Festival de Sitges. En medio de ese inmenso programa concentrado del 6 al 16 de septiembre, he podido hacer un hueco para ver tres proyecciones bastante distintas, gracias a que este tipo de certámenes ofrecen una jugosa variedad dentro de los inabarcables límites del horror, el miedo o la fantasía. Eso sí, me doy cuenta mientras escribo esto de que las tres películas son primeras obras.

Insensibles

En ‘Insensibles’ unos niños que no padecen el dolor son estudiados en un hospital.

Insensibles de Juan Carlos Medina
Siempre que tengo elección en primer lugar voy a por el cine español, porque incluso en Francia escasea en lo que a la cartelera se refiere. Insensibles de hecho tiene su punto de partida en el país galo hace ocho años, según explicaron los productores en la presentación de la proyección, donde agradecieron el apoyo español en la financiación del proyecto, pese a la dura “crisis española” (esto de la crisis ya va para hecho histórico comparable a la tantas veces mencionada “gripe española”). El director francoespañol Juan Carlos Medina se ha curtido con varios cortometrajes y, aunque cueste creerlo, Insensibles es su opera prima. El film plantea una misteriosa historia que se mueve entre el pasado y el presente de un hombre (Alex Brendemühl) al que diagnostican un cáncer terminal tras sufrir un grave accidente. Los flashbacks van desde los años treinta hasta el franquismo más oscuro, en un hospital para niños situado en la provincia catalana, donde se encuentra la clave de la salvación del protagonista. De ahí que la mayor parte del metraje esté hablado en catalán y debido, por supuesto, a criterios de producción. Solamente el personaje que interpreta Juan Diego habla castellano. Insensibles no esconde en absoluto su parentesco con otros trabajos ibéricos contemporáneos (entre Espinazos, Faunos y Pa negres van ya unos cuantos), porque le basta con tener a su favor un relato sólido y una progresión dramática impecable que desembocan en un desenlace desprovisto de sorpresas aunque no falto de grandiosidad. Por todo ello, sería injusto etiquetar a Insensibles simplemente como “una película de género más con la guerra de civil de trasfondo”. Pese a no aportar nada nuevo, su excelente factura y una acertada narración hacen que merezca darle una oportunidad.

Antiviral_BrandonCronenberg

‘Antiviral’ plantea una sociedad obsesionada con la fisionomía de las celebridades.

Antiviral de Brandon Cronenberg
Por una simple cuestión de prejuicios, hay algunas películas que tienen de por sí el público limitado al estar dirigidas por “el hijo de”. Sin embargo, Antiviral de Brandon Cronenberg cuenta en su punto de partida con la curiosidad que supone el hecho de: ¿Qué será capaz de hacer como director el hijo del mismísimo David Cronenberg? En Cannes fue un lleno absoluto en su presentación en la sección Un Certain Regard, con una copia que ha sufrido modificaciones desde entonces, según informaron en el Étrange Festival. El aliciente en este caso es, además, que se trata de un film tenebroso y con un argumento algo retorcido: en un futuro no demasiado lejano, se comercia con las enfermedades de las celebridades, y un joven, atraído por una de esas famosas, decide tantear el asunto. Es decir, probar la enfermedad de la joven. Lógicamente, el pequeño Cronenberg presenta una estética futurista, de corte minimal, junto a una sociedad de moral profundamente decadente para llegar a esos niveles de idolatría. Todo el peso de la película recae en el actor Caleb Landry Jones, que tiene que afrontar todo tipo de complejas sensaciones: desde mutaciones en su cuerpo a la imperdurable fascinación por una preciosa rubia que tiene… ¡un herpes en la boca! Así, Antiviral acaba viéndose como una película angustiosa y un tanto desagradable, con una estética limpia y cuidada, y unos recursos suficientes para mostrar una serie de escenas portentosas de las de apartar la mirada. Pero aparenta ser más compleja de lo que al fin y al cabo acaba resultando, al contribuir a la sociedad a la que señala con una premisa excesivamente disparatada que, lástima, no acaba de sintonizar con la solemnidad que se respira en todo momento.

A Fantastic Fear of Everythin_Simon Pegg

Simon Pegg crea situaciones desternillantes en ‘A Fantastic Fear of Everything’.

A Fantastic Fear of Everything de Crispian Mills y Chris Hopewell
Hablando de prejuicios, con Simon Pegg todos los que lo conocemos en acción creo que pensamos en lo mismo: es un tipo que nos va a hacer pasarlo bien. En Shaun of the Dead (Zonbies Party, 2004), Hot Fuzz (Arma Fatal, 2007) o Paul (2011) Pegg formó una pareja cómica extraordinaria junto a Nick Frost. En esta ocasión –casi más que nunca en solitario, por su omnipresente protagonismo en pantalla– el comediante británico da vida a un escritor que todavía se está familiarizando con la atmósfera de las novelas de terror y asesinos en serie de la época victoriana que trata de escribir, y se vuelve completamente obsesivo a un posible ataque contra su persona. Como suele pasar en estos casos de aprensividad, el único peligro es uno mismo. De esta forma, somos testigos de las no pocas extravagancias de este neurótico escritor, que le tiene pavor, entre otras minucias, a las lavanderías. El arranque de la cinta es más torpe, cuando los directores (Mills músico de profesión, y Hopwell con célebres videoclips a sus espaldas) quieren introducirnos demasiado en los sueños y obsesiones del protagonista mediante imágenes oníricas que quedan algo fuera de lugar. Pero la cinta gana, y vaya si lo hace, cuando nos saca al personaje de su guarida y comienza la preparación de una cita, ya de por sí inoportuna, que se acabará convirtiendo en una graciosísima odisea nocturna. Incluso se permite hacer un guiño a la chavalería de Attack de Block, o eso me pareció. Demostrando Simon Pegg de nuevo a la cabeza, que hoy en día, muchas comedias son como esos platos ligeros que no solamente no están de más, sino que sientan fenomenal.

Y dos tomas que se quedaron fuera del montaje final…
Por motivos de agenda y aforo de la sala, no pude ver en un caso y otro dos películas que quedan bien anotadas para no perderlas de vista. Una de ellas es Samsara, el nuevo documental de Ron Fricke, rodado en 70mm en más de veinte puntos distintos del planeta, que promete imágenes bellísimas y únicas, siendo así una continuación de su aclamada Baraka (1992). La otra cinta que ha destacado en el Étrange Festival es Berberian Sound Studio de Peter Strickland. Ambientada en los estudios de postproducción italianos, parece que no dejará indiferentes a todos aquellos devotos del giallo.

El último día

“Un fuego fatuo (en latín ‘ignis fatuus’) es un fenómeno que consiste en la inflamación de ciertas materias (fósforo, principalmente) que se elevan de las sustancias animales o vegetales en putrefacción, y forman pequeñas llamas que se ven andar por el aire a poca distancia de la superficie, se encuentran en los lugares pantanosos y en los cementerios. Son luces pálidas que pueden verse a veces de noche o al anochecer. Se dice que los fuegos fatuos retroceden al aproximarse a ellos. Existen muchas leyendas, lo que hace que muchos sean reacios a aceptar explicaciones científicas, ya que desde antaño las personas han tenido este fenómeno como el alma de un ser fallecido.”
Definición de fuego fatuo.

Anders Danielsen Lie Oslo 31. August

Anders Danielsen Lie en ‘Oslo, 31. August’ (Joachim Trier, 2011)

A partir de este año, todos los 31 de agosto me acordaré de una gran película que vi hace unos meses en París, el segundo largometraje del danés Joachim Trier, director asentado en Noruega. Oslo 31. August es un trabajo fuera de lo común, principalmente por ser una libre adaptación de Le feu follet, la novela de Pierre Drieu La Rochelle, publicada en 1931 y llevada al cine con maestría por Louis Malle en 1963. La obra original está inspirada en el desafortunado escritor francés Jacques Rigaut, del que no vamos a decir más para evitar spoilers (ver nota al final de la página*). Lamento que no haya otra adaptación entre las dos películas mencionadas, porque creo que es una historia que merece la pena ser adaptada cada veinte o treinta años: el retorno a su ciudad de un joven extoxicómano que está terminando su tratamiento. Solamente el film de Malle convierte al personaje principal en alcohólico en lugar de drogadicto, porque el cine en esa época no podía tratar ciertos asuntos. En cambio, no deja de ser llamativo que en Hollywood una cinta como El hombre del brazo de oro (Otto Preminger, 1955) tratara el tema de la adicción a la heroína explícitamente, con una escalofriante escena de Frank Sinatra (en una de sus mejores interpretaciones en pantalla) inyectándose la dosis. Aun así son temas –relacionados, en definitiva, con las desgracias que se generan en toda sociedad– que lamentablemente siguen siendo tabú pero que no por ello dejan de estar a la orden del día.

1963 Le feu follet - Fuego fatuo (Maurice Ronet)

Maurice Ronet en ‘El fuego fatuo’ (Louis Malle, 1963).

Volver después de una larga ausencia es momento de reencuentros embarazosos con viejos amigos y amores del pasado. Frente al aire nouvelle vague de los paseos en coche y caminatas callejeras de la obra de Louis Malle, Joachim Trier se aleja de la capital francesa y nos sitúa Oslo, en un único día hacia el final del verano, aunque no renuncia en absoluto a mostrarnos la rica metrópoli. Al mismo tiempo, es coherente haber elegido una historia pesimista de este tipo, que deben de inquietarle sobremanera, porque su primer trabajo Reprise (2006) ya trataba el tema del reencuentro entre dos jóvenes y exitosos escritores, uno de ellos maltrecho por los problemas con la droga. A este director ya entonces le gustaba mucho narrar mediante la acumulación de imágenes sueltas, generando así un montaje de bellos momentos que son puros collages, y eso que en Oslo lo hace únicamente al comienzo. Luego la acción del relato no cesa, es continua, lineal y tiene un final muy claro y directo, sin concesiones: pase lo que pase, la suerte de algunas personas está echada. Aunque en esta ocasión Trier se da el lujo de innovar con una sutileza estremecedora, concediendo para el áspero desenlace unos instantes de ambigüedad para los más inocentes, claro, porque el final ya deberíamos conocerlo.

*Nota sobre los spoilers: De acuerdo en que cuando uno escribe sobre cine tiene que intentar ahorrarse algunos detalles clave que repercuten en el desenlace, o de lo contrario avisar de que el texto contiene dichos (y dichosos) spoilers. Sin embargo, a la hora de ver una película, a veces viene bien quitarse esa mentalidad de espectador con ansias de sorpresas en la trama y simplemente dejarse llevar por la fluidez del relato y las imágenes, algo más que suficiente para disfrutar. Es más, hay muchas películas que empiezan contándonos el desenlace –el ejemplo de Ciudadano Kane puede ser el paradigmático– y no por ello dejan de ser asombrosas.

Banda sonora para El fuego fatuo:
1- 1963: Erik Satie – Gnossiennes
2- 2011: Desire – Under your Spell

Esta última queda libre de plagio a la conocida banda sonora de Drive puesto que ambas películas fueron presentadas por primera vez al mismo tiempo en el festival de Cannes 2011.