Los remordimientos de Woody Allen

Woody Allen Penelope Cruz To Rome With Love

Woody Allen y Penélope Cruz durante el rodaje de ‘To Rome With Love’.

“Una persona no es vieja hasta que los remordimientos ocupan el lugar de sus sueños.”
John Barrymore (1882-1942), actor estadounidense.

En una de las sucesivas infidelidades que tienen lugar en To Rome With Love –más que tema recurrente, marca de estilo en la prolífica carrera de Woody Allen–, una mujer se plantea si llevarla a cabo o no. Supone elegir entre el remordimiento que persistirá al haber engañado a su pareja, o el eterno arrepentimiento por no haber tenido el valor suficiente de cometer un acto que en realidad deseaba con todas sus ganas. Ese dilema puede ser perfectamente el del propio director a la hora de esbozar cada una de sus nuevas películas: de verdad, a estas alturas de la vida, ¿merece la pena hacer una película en Barcelona, en París o en Roma? Pero, si es mi sueño, y si no las hago, ¿no me arrepentiré después?

Pues bien, la respuesta la conocemos. La maquinaria de producción del autor neoyorkino echa a rodar cada año desde hace décadas, y, con mejor o peor aceptación, ahí tenemos sus trabajos: puntuales, repletos de estrellas de la interpretación, y un ingenio inconfundible. Este año no ha pasado por Cannes, donde suele estrenar a lo grande, aunque allí se presentó hace unos meses un documental sobre su obra y su persona. Dirigido por Robert B. Weide para la televisión, no cuenta con un punto de vista original, tan solo repasa su trayectoria nutriéndose de un valioso material de archivo, que no es otro más que esa inigualable filmografía, acompañada además de testimonios inéditos del propio Allen y de buena parte de actores y actrices que han participado en sus películas.

Es una lástima que To Rome With Love se titule así, como una serie mediocre de los años 70, tal cual, y no The Wrong Picture o Bop Decameron, como se anticipó sucesivamente. Lo es, no ya por la simpleza de tal gesto de signo comercial, alimentado seguramente por una inesperada reconciliación con el público estadounidense gracias a Midnight in Paris, también porque contradice enormemente la atinada crítica al mundo del show business que lleva practicando el mismo Allen a lo largo de su vida. Y es un título desacertado además, porque, aun estando este último trabajo dentro del grupo de sus películas más superfluas, sin embargo, se encuentran ráfagas del Woody más disparatado que hacía años no encontrábamos. Con el personaje de Roberto Benigni, un hombre corriente de clase media que se convierte en celebridad, porque sí, o con el suegro que alcanza el éxito en la ópera cantando bajo… la ducha.

Así, Woody Allen rememora gags con la bendita absurdez de sus primeros trabajos, cuando era mucho más explícito en su sátira de la sociedad de consumo, durante la etapa que va desde Toma el dinero y corre (1969) hasta Boris Grushenko (1975). De modo que poco parece importar que aparezca en pantalla seis años después mucho más cascado (los conciertos de Bob Dylan tampoco son lo que eran), o la pereza con la que está tejida la estructura del guion, que contiene deslices cronológicos de manual para semejante historia coral. Aunque seguramente Woody Allen se reconforte al haber sabido componer unas cuantas escenas destacables, no suficientes quizás, y se quedará entonces con algunos remordimientos, pero sin el arrepentimiento de no haberlas realizado.

Leos Carax recuerda sus vidas pasadas

Holy Motors_Leox Carax

Eva Mendes y Denis Lavant en ‘Holy Motors’ (Leos Carax, 2012).

En medio del revuelo de Cannes nos llegaron los primeros ecos de Holy Motors, el regreso de Leos Carax. ¿Estamos realmente ante la película del año o es tan solo un órdago de los más osados? Por suerte, no es lo uno ni lo otro. Se trata de una película nueva, refrescante y diferente, de un director autoconsciente que no se parece a nadie, aunque guste compararlo a Godard, o todavía más, ponerle las preestablecidas etiquetas de “maldito” o “enfant terrible”.

Holy Motors me contradice al mismo tiempo, porque no es novedad en el sentido de un descubrimiento, sino nueva en su valor insólito y original. Leos Carax confunde al principio del film, cuando aparece él mismo, caminando como un sonámbulo. Lo hace en un prólogo que sirve de introducción a una serie de instantes que rememoran en varios momentos a los anteriores trabajos del director, como si fueran las vidas pasadas de Uncle Boonmee.

Da la impresión que Boy Meets Girl, Mauvais Sang, Les amants du Pont Neuf, Pola X o su corto en Tokyo! están presentes en el transcurso de los distintos estados que atraviesa un inconmensurable Denis Lavant. Un comediante que ya es hacia su director, en el cine francés, lo más parecido a lo que en su día fueron Truffaut-Léaud. Y París sirve de nuevo de atmósfera, esta vez acompañada por otro insospechado personaje, la blanca limusina.

Hombre de negocios, mendiga, motion capture, Monsieur Merde, padre, acordeonista, muerto o resucitado, son hasta once personajes distintos para un mismo actor, con Edith Scob (la bella de los Ojos sin rostro, que sigue siendo atractiva), Eva Mendes y Kylie Minogue incluidas. En estas dos últimas banaliza su popularidad, como en un recurso musical tan sutil como eficaz. ¿Caprichos de cineasta? Por supuesto. Pero es que el cine se trataba de eso, de reflejar el universo de un creador, y Leos Carax ha sabido (o al fin le han dejado) sintetizar su obsesiones e inquietudes. Guardándose además para el desenlace uno de los diálogos más desconcertantes que, seguro, recordaremos.