Festival de Cannes: un año de cine en once días frenéticos

Festival de Cannes - Palais - marches

“Las malas lenguas no hacen las buenas películas.”
Gilles Jacob, presidente del Festival de Cannes, en sus memorias.

El próximo 16 de mayo arranca la edición número 65 del festival internacional de cine de Cannes, el certamen cinematográfico más poderoso del planeta desde hace décadas. Como no podía ser de otra forma, se presenta otra vez como el gran escaparate mundial para una nueva cosecha del mejor cine de autor. Para este 2012 contaremos con una selección oficial a competición generosa con 22 películas y pocas sorpresas. De los más de 1700 largometrajes que dice haber visionado el equipo que dirige Thierry Frémaux, el hueco para optar a la Palma de Oro es siempre limitadísimo. En la competición hay nombres eternamente fijos (este año es el turno de Haneke, Loach, Cronenberg o Kiarostami), junto a las grandes producciones con estrellas hollywoodienses (esta vez son numerosas con Moonrise Kingdom, On the Road, The Paperboy, Killing Them Softly y Lawless), y a una pequeña (pero siempre obligatoria) cuota de cine francés, que ahora representan Resnais, Audiard y Carax. Si a ello le sumamos otros nombres asentados en el circuito como los de Mungiu, Garrone, Nichols, Reygadas, Seidl y Vinterberg, tan solo queda un recoveco para exotismos (los coreanos Hong Sang-soo e Im Sang-soo, y la cinta egipcia Après la bataille). Y ahí queda hecha la selección. Sin ninguna realizadora y, claro, supone una nota de polémica.

En esta edición el siempre controvertido jurado oficial lo dirige otro de los grandes nombres de Cannes: Nanni Moretti. Da que pensar que este hijo pródigo del festival presentara en la selección oficial de 1978 su segundo largometraje, Ecce Bombo, cuando tan solo contaba con 25 años de edad. Un hecho, tal y como queda comprobado, hoy en día imposible. Ahora los nuevos directores tan solo encuentran su lugar, bien en la sección Un certain regard (miedo me da el tercer largometraje del canadiense Xavier Dolan, de 23 años), en la Quincena de los Realizadores y la Semana de la Crítica, o ya en la más modesta selección de L’acid. La Quincena suele guardar gratas sorpresas y este año ahí encontramos también a directores reconocidos como Michel Gondry (The We and The I) o la gran baza española de este año: Sueño y silencio de Jaime Rosales.

Vivir (y morir) en el festival
Es necesario vivir el Festival de Cannes para conocerlo bien y, sobre todo, sentir lo que representa. Creo que es de esos acontecimientos cruciales, como un cumpleaños o un aniversario, que es necesario celebrar sin excepción todos los años, siempre y cuando sea posible. Mi primera experiencia fue en 2010, con una selección más bien pobre marcada por la crisis y la ausencia de The Tree of Life de Terrence Malick, que no estaría lista hasta la edición de 2011. Aún me recuerdo en el tren de camino, leyendo con rabia el editorial de Cahiers du Cinéma en el que se comparaba, hablando del “mundial del cine”, la baja de Malick a lo que supondría la hipotética ausencia de Messi en la cita mundialista que se celebró meses después en Sudáfrica.

Este 2012, que será mi segunda experiencia en vivo, vuelve a estar marcado en cierto modo por la ausencia de Malick, aunque en este caso es más comprensible al haber triunfado en la pasada edición y a que los diversos proyectos que tiene en marcha todavía cuentan con numerosas incógnitas. Además, Malick y sus Días del cielo están siempre presentes de alguna forma en la cabecera del festival que precede a todas las proyecciones. La diferencia es que en esta ocasión ya sé con más certeza lo que me voy a encontrar. Por una parte, las hordas de glamour y postureo extremo detrás de la alfombra roja. Pero una vez te alejas del cliché más burdo del festival (que en algunas situaciones roza lo denigrante), uno se encuentra a la caza de cualquier proyección, inmerso en un laberíntico e inmenso rincón repleto de miles de profesionales del cine.

Porque, en realidad, el gran negocio de Cannes es el Marché du Film –por tanto, lo más importante de la cita–, donde se negocia por la distribución en salas y festivales de todo el mundo, por las películas del certamen y otras no presentadas pero ya terminadas, u otras por terminar y, también, por los cortometrajes y cualquier producción por hacer. Como en este momento no soy ni crítico, ni periodista, ni productor, ni distribuidor, ni director, ni guionista, sino que actualmente soy un proyecto de todas esas profesiones y alguna más, vuelvo a Cannes para ver, aprender y disfrutar.

El referéndum presidencial

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Me gusta más hablar de cine que de política. Pero como esta última tiene también mucho de ficción, vivir desde hace meses continuamente rodeado de informaciones sobre las elecciones presidenciales francesas ha terminado por no dejarme indiferente. A un día de que se conozca el resultado de la segunda vuelta de los comicios, todo apunta a que el socialista François Hollande ganará de forma ajustada frente a Nicolas Sarkozy, el actual presidente de la República. Después de un premier tour con diez candidatos y con un altísimo porcentaje (18%) conseguido por el partido ultraderechista liderado por Marine Le Pen, llega el momento de conocer si Francia opta por la senda de los últimos años, la del sálvese quien pueda siempre al compás de Alemania; o si se opta por hacer frente a la crisis con un cambio de rumbo, que se presenta con muchísima incertidumbre y pocas soluciones.

En estas dos últimas semanas Sarkozy ha elegido una peligrosa estrategia extremista para captar esos votos atemorizados que le darían la victoria. Pronto sabremos si ese camino –con la inmigración como el principal enemigo en medio de la crisis y con la sombra de que Francia sea la “nueva España”– ha sido eficaz, o si, por el contrario, ha sido el suicidio político de un hombre de personalidad histérica, casi esquizofrénica, que se creía que podía jugarse una campaña en un debate televisivo del que finalmente salió desfavorecido. El centrista François Bayrou, que en las pasadas elecciones no se pronunció, ha dado la sorpresa anunciando, en un claro ejemplo de sentido de Estado, la necesidad de votar por Hollande frente al amenazador mensaje lanzado por Sarkozy en las últimas semanas, que en realidad es tan solo algo más explícito del que ha estado alimentando desde que fue ministro del interior antes de alcanzar el poder en 2007. Por su parte, el candidato socialista, en campaña desde las primarias de su partido el pasado octubre, no levanta pasiones pero se ha acabado convirtiendo en la única alternativa posible. Además, está en una encrucijada, ya que no puede ganar lanzando un mensaje intimidatorio hacia ese amplio electorado de extrema derecha, y a su vez, tiene que atraer a los indecisos y movilizar a los votantes de izquierda –agrupados en su mayoría en un Frente de Izquierdas liderado por el exsocialista Jean-Luc Mélenchon–, que los necesita pero al mismo tiempo no son suficientes como para centrar todos sus encantos en ellos.

Por todo ello, más que una elección por un candidato u otro, estas presidenciales francesas parecen un referéndum a favor o contra un presidente, una forma u otra de entender las reglas democráticas, por o contra dos formas de emprender los próximos años frente a la crisis, con más o menos miedo o esperanza frente a Europa y el resto del mundo. Nunca antes todo y nada estuvo tan en juego.