El cine después de Shakespeare

El cine se ha ido desvalorizando desde hace décadas y son muchos los que vaticinan su estado moribundo . El acto de ir a las salas a ver películas es una práctica cada vez menos habitual. El público envejece y las nuevas generaciones crean o demandan contenidos novedosos en distintos formatos alejados de la gran pantalla. Aquí una ligera reflexión sobre la situación actual y la excepción que se vive en Francia. 

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En París todavía resisten muchas pequeñas salas de cine.

Desde los años ochenta se lleva diciendo que el cine ha muerto, que las películas que se hacen a partir de entonces no son más que espectros y repeticiones del verdadero arte que se consagró hasta la década de los setenta y que se trata, por tanto, de un cine irrepetible. Yo prefiero considerar que a poco más de un siglo de su invención, estamos todavía ante un medio de expresión joven, que actualmente vive un momento de replanteamiento y, por qué no, lo mejor de sí mismo puede estar por llegar. De un negocio desmedido a un excesivo acomodo autoral, o los formatos vídeo y digital frente al celuloide original, todos ellos han acelerado una cierta agonía que contrasta a su vez con un apogeo global de las imágenes en movimiento.

Lo nuevo, lo retro y lo viejo
Lo retro es la moda del presente, mirar atrás y readaptar esos elementos con otros de ahora son fórmulas, muchas veces próximas a lo caricaturesco, pero que gozan de enorme éxito. Sin embargo, un acto tan retro como es ir a una pequeña sala a ver una película realizada hace décadas, no goza de esa popularidad, especialmente entre el público más joven. De modo que hay que distinguir entre lo retro, los viejos modelos que se fusionan con los nuevos, frente a lo que se queda, digamos, simplemente ‘viejuno’, anclado en el pasado. Se palpa en el ambiente que las nuevas generaciones, como norma general, demandan contenidos sensatos pero no excesivamente sesudos, y que el formato serie goza de un enorme impulso al ofrecer un seguimiento continuo y al mismo tiempo personalizado a través de la pantalla de tu propio ordenador.

Si bien es cierto que la oferta de contenido audiovisual (en la mayoría de los casos la oferta legal sigue siendo insuficiente) es más amplia que nunca gracias al DVD y a Internet, conviene recordar que el cine donde se disfruta en condiciones óptimas es en la gran pantalla, en la sala oscura. No todo el mundo dispone en su casa de un formidable equipo de imagen y sonido que permita competir en abstracción con una sala de cine. De modo que, al margen de las salas comerciales que van al ritmo de la industria, es necesario valorar el papel que juegan las filmotecas e instituciones públicas, no solo al restaurar y proteger el patrimonio cinematográfico, también al programar proyecciones diarias, ciclos, conferencias o festivales, y poner así al alcance de los ciudadanos todo tipo de películas a un precio reducido.Del mismo modo que no se puede olvidar que no todo el mundo tiene la disponibilidad (por tiempo, por distancia, por condiciones económicas) para desplazarse a las salas, Internet hay que verlo sobre todo, y pese a que todavía existan importantes inconvenientes, como una ventana que ofrece nuevas ventajas a la distribución.

Francia como modelo
No son pocos los que insisten que el modelo audiovisual francés es el idóneo. La cifras récord de 2011 así lo reflejan: la afluencia a las salas sigue aumentando en los últimos años (por encima de los 215 millones de espectadores en 2011) y la cuota del cine galo superó el pasado curso el 40%. Eso, con una ayuda estatal al cine en aumento, que ronda los 700 millones de euros (en España no llegan a los 100 y muchos protestan). No es un misterio que Francia, país inventor del cine, cuenta con una industria cinematográfica portentosa, y con una institución como La Cinémathèque Française, que gracias a las proyecciones, al museo y las exposiciones, consigue hacer de la historia del cine un noble y auténtico negocio. No es cuestión de azar que Intouchables sea todo un fenómeno, porque años atrás lo fue Bienvenidos al Norte y seguro que habrá otros por llegar. Porque un factor que ayuda notablemente a aumentar la afluencia de público en las salas francesas en los últimos años es la fidelidad que otorgan las salas a los espectadores. Desde hace años, las grandes cadenas de explotación (Pathé-Gaumont, UGC y Mk2) ofrecen el sueño de todo cinéfilo por 20 euros al mes: una tarjeta que permite entrar a todas las sesiones sin límite alguno. Eso, claro, si te comprometes a hacerlo durante todo un año. Pero además, los menores de 26 años siempre cuentan con una reducción considerable y las premieres, conferencias, debates o sesiones especiales no son únicamente carne de filmoteca. Ello permite ver casi todos los días de la semana colas en multisalas repletas, en su mayoría en versión original, en las que, cuando vas apurado de tiempo y decidido a ver una película, es frecuente que te digan eso tan fastidioso de: “No quedan entradas”.

Un capítulo aparte son las pequeñas salas de barrio de París, que he conocido este año y son, en el mejor de los sentidos y como le gusta a Woody Allen, todo un salto al pasado. Siempre me han hablado de las muchas salas de arte y ensayo que había en Madrid, que fueron cerrando con el paso de los años hasta quedar apenas unos cuantos cines amenazados por la escasa rentabilidad como negocio y el acecho de los insoportables centros comerciales. En París, donde nos reunimos un buen número de cinéfilos de todo el mundo, todavía parece rentable proyectar películas de Nicholas Ray, Samuel Füller o tantos otros directores de la época dorada de Hollywood, junto a otras joyas del cine francés, desde la Nouvelle Vague a Jean Renoir o Marcel Carné. Situados en su mayor parte en el Quartier Latin, estos reductos de la cinefilia más nostálgica se alimentan de esos clásicos imperecederos (en reediciones o en copias antiquísimas) junto a todo tipo de propuestas, desde el cine mudo a las películas festivaleras actuales. No quedan tantas salas como entonces, incluso el pasado mes de diciembre se plantaron en huelga, pero muchas consiguen mantenerse gracias a un público entusiasta y también a los convenios que tienen con las grandes cadenas de explotación, lo cual es una ventaja pero al mismo tiempo supone que su independencia se verá progresivamente amenazada.

Desde luego que es complicado establecer un claro diagnóstico de la situación actual que vive la industria del cine, cuyas perspectivas cambian considerablemente de un país a otro. Con respecto a la distribución, creo que es importante que sigan conviviendo el mayor tiempo posible distintas formas para abarcar todo tipo de públicos. Y la agonía del cine se seguirá manteniendo. O, mejor dicho, “los agonías” que predicen el final cine como tal seguirán existiendo. Yo comparto un pensamiento que leí a Jonathan Rosenbaum en su libro Movie Wars (2002), donde recuerdo de memoria una idea optimista que decía que, sí, Shakespeare es irrepetible, pero no evita que siglos más tarde aparecieran genios de la literatura como Proust o Faulkner. Así que en esas estamos, añorando a Shakespeare sabiendo que, de alguna forma u otra, habrá otros después.

Lowave, diez años buceando por el cine más vanguardista

La distribuidora Lowave se dedica al cine experimental, al vídeo arte y al documental desde su creación en París en el año 2002. Llega su décimo aniversario y, en plenos festejos, la empresa vive un momento de replanteamiento con la caída de las ventas del DVD, el formato con el que en su día comenzaron la tarea de edición de un tipo de películas que necesitaban un soporte para su comercialización. En este reducido nicho, que se mueve entre el terreno del audiovisual y el del arte contemporáneo, el auge de Internet es una realidad en cuanto a forma de promoción y descubrimiento de nuevos artistas, aunque igual que otros tantos sectores, su rentabilidad como negocio es todavía una peligrosa incógnita.

Lowave

Pese a las dificultades, Lowave mira con optimismo y energía el camino a recorrer en los próximos años. Silke Schmickl, alemana afincada en París desde hace más de una década y responsable de la empresa, lo tiene claro: la producción propia, las exhibiciones, proyecciones (tanto en festivales como actos privados) y performances forman parte del territorio que tiene que seguir explorando el cine más aventurado. Una senda que ya se empieza a percibir desde hace algún tiempo, especialmente desde hace dos años dentro del ambicioso programa Human Frames, una selección de diferentes trabajos de 99 cineastas europeos y asiáticos en torno a 10 estados de ánimo, y cuya recopilación sale a la venta en abril de 2012 en un impresionante volumen de 10 DVDs. De esta forma, Lowave ha dado la vuelta al mundo en un Tour desde la capital de Francia hasta Singapur, pasando por Berlín y Düsseldorf, junto a nuevas fechas que se van incluyendo en el calendario, muchas veces en función del apoyo institucional y del patrocinio de grandes marcas que apuestan por este tipo de experiencias.

Lowave es, desde su nombre y los miembros del equipo, un sello concienzudamente internacional. Y lo es, sobre todo, porque tiene el punto de mira puesto en una constante búsqueda de nuevos y refrescantes trabajos por cualquier rincón del planeta. Una actividad ‘curatorial’ en la que hasta el momento su edición estrella ha sido la colección Resistance(s), tres volúmenes que ofrecen una selección de distintos films cortos (que no cortometrajes), donde se ofrecen diversas imágenes y discursos que consiguen sorprender, venidos del norte de África y distintos países de Oriente Medio, y alejados del estereotipo de muchos otros trabajos exóticos que únicamente cumplen con la función de ser rigurosamente comprometidos.

Otras ediciones que siguen teniendo buen tirón en librerías, universidades, escuelas y centros de arte de todo el mundo son las compilaciones Influx (films africanos), Re:Frame (India) Conditioned (de Turquía), Hors Pistes (del festival organizado en el Centre Pompidou), o las recopilaciones Cinéma Différent (del Collectif Jeune Cinéma). Además, desde el primer volumen editado, Urban Visions, las imágenes urbanas han estado muy presentes con los prestigiosos volúmenes CityScapes o City2City. Pero eso no es todo, Lowave ha distribuido más de cincuenta títulos en diez años, donde sigue destacando el film Videomappings (2009) de Till Roeskens (sobre Palestina) o los trabajos del japonés Yuki Kawamura, junto a las monografías de artistas reconocidos como Maurice Lemaître, Helga Fanderl, Triny Prada o Mounir Fatmi, a auténticos descubrimientos como Joanna Vaude o Hugo Verlinde. Sin olvidar tampoco el apartado musical con Planetarium de Rodolph Burger, la animación con Metronomic & Co, la colección de documentales Artists at Work, o las ediciones de otros documentales puramente cinematográficos e imprescindibles como son Mix-Up (1985) de Françoise Romand o A Shadowed Gazed (1998) de Rafael Lewandowski.

El catálogo de Lowave se puede consultar online en su sitio web www.lowave.com, y aquí comparto un vídeo en el que se hace un recorrido por el exhaustivo y estimulante trabajo que se ha llevado a cabo durante todos estos años.

LOWAVE | SHOWREEL [2012] from Lowave on Vimeo.

Robert Altman, un ‘anarquista’ que sobrevivió en Hollywood

“Políticamente, no hay personas más diferentes que Clint Eastwood el republicano, Steven Spielberg el demócrata y Robert Altman el anarquista.”
Serge Kaganski, Les Inrockuptibles, dossier del ciclo Récits Américains
(9 diciembre 2011 – 3 marzo 2012 en la Cinémathèque Française) 

La retrospectiva integral de Robert Altman en la Cinémathèque Française me ha permitido conocer mejor la obra del director estadounidense. Además de M.A.S.H. (1970), Los vividores (McCabe & Mrs. Miller, 1971) y Vidas cruzadas (Short Cuts, 1993), esta vez me han fascinado El largo adiós (The Long Goodbye, 1973), Ladrones como nosotros (Thieves Like Us, 1974), Nashville (1975) y El juego de Hollywood (The Player, 1992).

Robert Altman

Robert Altman (1925-2006).

Ser independiente en Hollywood es algo que muchos pretenden conseguir o aparentar, pero que muy pocos logran en verdad. Por eso el caso de Robert Altman es digno de halago, porque cuenta con una prolífica trayectoria, compuesta por innumerables y diversos trabajos que rondan la centena entre largometrajes de ficción, documentales, telefilms y episodios de series de televisión, y resulta que en medio de esa variedad, se encuentra una personalidad genuina. Para Altman ser independiente no significa recurrir a pequeñas producciones propias, y su mérito reside en que partiendo de grandes producciones financiadas incluso por los estudios más poderosos de Hollywood (United Artists, Fox, Warner Bros., Paramount), el conjunto de su obra queda ya como un fresco de la sociedad norteamericana del último tercio del siglo XX.

Nashville Robert Altman

En 'Nashville', los personajes coinciden en un disparatado acto político.

El gran empujón en la carrera de Altman fue M.A.S.H. (Palma de Oro en Cannes en 1970), una delirante sátira de la guerra de Corea guiada a través de la vida cotidiana de unos impetuosos soldados, una situación a la que volverá de forma más intimista en el contexto de la guerra de Vietnam en Streamers (Desechos, 1983). Desde entonces, el director de Missouri, todo un ‘anarquista’ dentro de la encorsetada industria hollywoodiense, siguió desarrollando una inconfundible fórmula con largos planos secuencia y numerosos actores, gracias a la cual, en cierto modo, podríamos catalogarlo –impúdicamente– como “el Berlanga de Hollywood”. En muchas de sus películas abunda la comedia, un reparto florido, compuesto por más de una decena de actores y actrices, entre los que destacan Jeff Goldblum, Keith Carradine, Shelley Duvall o Geraldine Chaplin, todos ellos juntos en Nashville (Oscar a la canción que entona Carradine), el film que considero que mejor representa la obra de Altman. En una localidad de los Estados Unidos, la esperada llegada de una estrella de la música a su ciudad natal, sirve de excusa para retratar la millonaria y compleja industria de la música norteamericana en los años setenta , pero también entra en juego la sociedad del espectáculo, la política y, en suma, las contrariedades que muestran los que se pisotean unos a otros para alcanzar el éxito.

The Player Robert Altman

Tim Robbins encarna a un productor en apuros en 'The Player'.

Mucho antes que González Iñárritu y Arriaga entraran en escena, Altman se encargó de desarrollar sus relatos en torno a distintas historias que acaban vinculándose a una misma trama, un estilo que tuvo su culminación en Vidas cruzadas. Al mismo tiempo, Altman tiene otra cara más dramática e introspectiva –la ‘bergmaniana’ se podría decir– con la desconocida That Cold Day in The Park (1969), Imágenes (1972), o la mencionada Streamers, y que tiene su punto álgido con 3 mujeres (1977). Su filmografía también cuenta con altibajos en medio de tantas obras relevantes. Los éxitos apabullantes de Tiburón (1975) y La guerra de las galaxias (1977) supusieron un progresivo cambio en las reglas del juego en la industria del cine, y los años ochenta no fueron fáciles para algunos de los que pertenecieron a la nueva generación de directores norteamericanos, en quienes no se confió como en la década anterior. De todos modos, Altman consiguió seguir encadenando proyectos incluso con el fracaso de Quinteto (1979), protagonizada por Paul Newman. Bob Altman recuperó el crédito perdido con The Player en 1992, un imprescindible retrato desengañado de Hollywood, pero también una inteligente reflexión sobre la culpa, narrado en primera persona por medio de la figura de un implacable productor genialmente interpretado por Tim Robbins. Así, prosiguió hacia terrenos algo más convencionales hasta su película testamento A Prairie Home Companion, de 2006 (rebautizada hábilmente por los distribuidores como El último show). Se trata de un director muy valiente, capaz de adaptar a la gran pantalla desde Raymond Chandler (El largo adiós), Popeye (1980) o Van Gogh (1990), y tan capaz de atacar al sistema político (a Nixon en Secret Honor y a los demócratas en Tanner 88′), como de dirigir episodios de la serie Bonanza (1959) en sus inicios, igual que un documental sobre James Dean (1957). Y, claro, siempre nos quedará la voz de Leonard Cohen en los títulos de crédito en la apertura de Los vividores, todo un canto a una América libre, que no liberal.